Como No Estas Experimentado En Las Cosas Del Mundo
Nuestro editorial: Nadie nos valorará si no nos valoramos nosotros – Campo “Como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen dificultad te parecen imposibles; confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

  1. Así aconsejaba Don Quijote a Sancho hace más de cuatro siglos, y no era ni es mal consejo.
  2. Corren tiempos difíciles, que seguro pasarán, pero como nos descuidemos mucho van a quedar unos cuantos por el camino, la mayoría, por desgracia, de forma voluntaria.
  3. Nada nuevo en este sector, nada que no se haya superado antes, pero con una gran diferencia: cada día somos menos y, en algunos casos, con pocas ganas.

Sería conveniente no encomendarnos solo al tiempo y ponernos manos a la obra, Todos somos importantes, pero en la cadena alimentaria no todos cargan con la misma cruz. Ya va siendo hora de que esto cambie, por la cuenta que nos trae, pues todos somos imprescindibles en la cadena alimentaria.

Habrá que recordar de nuevo al lúcido hidalgo cuando dice que “en las desventuras comunes se reconcilian los ánimos y se estrechan amistades”. “En las desventuras comunes se reconcilian los ánimos y se estrechan amistades” Es triste que siempre pase lo mismo. Hasta que no estamos con la soga al cuello no nos concienciamos de que solos no llegamos a ninguna parte.

Tendremos que recuperar sin demora el que se llamó ‘espíritu de Madrid’ y afrontar este reto “todos juntos por el Campo”. El nuevo número de nuestro periódico hace balance de una campaña agridulce, con un cereal de pobres resultados por culpa de los golpes de calor, pero con un resultado económico, en lo general, alejado del desastre.

Mientras el regante sigue peleando para sacar adelante sus cultivos en un escenario muy duro, con precios de la luz que elevan los gastos de producción a la categoría de inasumibles. Vaya escenario se presenta. Como esto no cambie no sé quién, ni qué, se va a sembrar el próximo año. Puede que la salida del laberinto no llegue desde Moscú, ni de Madrid, ni desde Bruselas.

Tal vez la llave esté en nosotros, en la voluntad, el trabajo y la profesionalidad que ahora más que nunca pasa por el diálogo y la negociación con una industria agroalimentaria que necesita conocer y reconocer la importancia vital que para ella tienen el agricultor y el ganadero.

  • Si hay voluntad por todas las partes, no será difícil encontrarse.
  • Este camino lo tenemos que recorrer juntos.
  • Todos somos imprescindibles en la cadena alimentaria” Entre tanto, tendremos que seguir haciendo aquello que sabemos hacer, con todos los sentidos puestos en garantizar la rentabilidad un año más.

Y seguir apostando por aquello que ha demostrado con creces ser una fórmula de éxito. Como el caso de las cooperativas, que protagonizan este número de CAMPO. Cada una con su idiosincrasia, pero todas con un balance positivo para el socio y para el territorio en el que operan.

¿Qué dijo Cervantes sobre el tiempo?

Grandes dificultades ‘

¿Qué se trata Don Quijote de la Mancha?

Contenidos – TABLA DE LOS CAPÍTULOS que contiene esta famosa historia del valeroso caballero don Quijote de la Mancha Estudio preliminar Prólogo Primera parte del ingenioso don Quijote de la Mancha Capítulo primero, que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha Capítulo segundo, que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote Capítulo tercero, donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero Capítulo cuarto, de lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta Capítulo quinto, donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero Capítulo sexto, del donoso y grande escrutinio que el Cura y el Barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo Capítulo séptimo, de la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha Capítulo octavo, del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, etc.

Parte segunda del ingenioso don Quijote de la Mancha Capítulo nono, donde se concluye y dan fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron Capítulo décimo, de lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses Capítulo undécimo, de lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros Capítulo duodécimo, de lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote Capítulo trece, donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos Capítulo catorce, donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros sucesos Tercera parte del ingenioso don Quijote de la Mancha Capítulo quince, donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses Capítulo dieciséis, de lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo Capítulo diecisiete, donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron, etc.

Capítulo dieciocho, donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas Capítulo diecinueve, de las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, etc.

  1. Capítulo veinte, de la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote Capítulo veintiuno, que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, etc.
  2. Capítulo veintidós, de la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados galeotes Capítulo veintitrés, de lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuenta Capítulo veinticuatro, donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena,

Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote escuchaba al astroso caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su plática, dijo: Quienquiera que seáis, etc. Capítulo veinticinco, que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros Capítulo veintiséis, donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo el nuestro don Quijote en Sierra Morena Capítulo veintisiete, de cómo salieron con su intención el Cura y el Barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia Cuarta parte de la historia del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha Capítulo veintiocho, que trata de la nueva y agradable aventura que al Cura y al Barbero sucedió en la misma Sierra Capítulo veintinueve, que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto Capítulo treinta, que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de gusto y pasatiempo Capítulo treinta y uno, de los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza su escudero, con otros sucesos Capítulo treinta y dos, que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote Capítulo treinta y tres, donde se cuenta la novela del Curioso impertinente Capítulo treinta y cuatro, donde se prosigue la novela del Curioso impertinente Capítulo treinta y cinco, donde se da fin a la novela del Curioso impertinente Capítulo treinta y seis, que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron Capítulo treinta y siete, que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras Capítulo treinta y ocho, que trata del discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras Capítulo treinta y nueve, donde el cautivo cuenta su vida y sucesos Capítulo cuarenta, donde se prosigue la historia del cautivo Capítulo cuarenta y uno, donde todavía prosigue el cautivo su suceso Capítulo cuarenta y dos, que trata de lo que más sucedió en la venta, y de otras muchas cosas dignas de saberse Capítulo cuarenta y tres, donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros extraños acaecimientos en la venta sucedidos.

¿Cuál es la famosa frase de Miguel Ángel?

01. El genio es paciencia eterna. + Frases de Genio 02. La belleza es la purgación de lo superfluo. + Frases de Superfluo 03. Nunca fui el tipo de pintor o escultor que tenía una tienda. + Frases de Tienda 04. Vi el ángel en el mármol y tallé hasta que lo puse en libertad.

+ Frases de Ángel 05. La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas. + Frases de Cosas pequeñas 06. No tiene el mejor artista ningún concepto que un mármol solo en sí no circunscriba. + Frases de Mármol 07. Si la gente supiera lo duro que tenía que trabajar para ganar mi maestría, no parece tan maravilloso en absoluto.

+ Frases de Maestría 08. Mis ojos, que codician cosas bellas como mi alma anhela su salud, no ostentan más virtud que al cielo aspire, que mirar aquellas. + Frases de Mirar 09. Así como en la pluma y en la tinta el alto con el bajo estilo existe, en folio o mármol, rica o vil se viste la forma, según quien la talla o pinta.

+ Frases de Estilo 10. El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestra meta sea demasiado alta y no la alcancemos, sino que sea demasiado baja y la consigamos. + Frases de Meta 11. De las altas estrellas desciende un esplendor que incita a ir tras ellas y aquí se llama amor. No encuentra el corazón nada mejor que lo enamore, y arda y aconseje que dos ojos que a dos astros semejen.

+ Frases de Esplendor 12. Tal vez a ti y a mí dar larga vida puedo con el cincel o los colores, adunando mi amor y tu semblante. Y mil años después de la partida, se verán tus hechizos vencedores, y cuánta razón tuve en ser tu amante. + Frases de Semblante

¿Qué frase dijo Miguel de Cervantes?

‘El hacer bien a villanos es echar agua en la mar.’ ‘El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no debe quejarse si se pasa.’ ‘Ninguna ciencia, en cuanto a ciencia, engaña; el engaño está en quien no la sabe.’ ‘La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua.’

¿Cómo perdió la razon Don Quijote?

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio: y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio.

¿Qué le ocurre a Don Quijote antes de morir?

Texte intégral –

1 Martorell, 2000, pp.1145 sqq,

1 La muerte de don Quijote cierra el relato de sus aventuras. Como Tirant lo Blanc, don Quijote muere en su cama, cristianamente y tras haber hecho testamento. Pero, al contrario de Tirant 1, don Quijote muere después de haber recobrado la «cordura», es decir que no muere como caballero sino como buen cristiano.

2 Sobre la cuestión del nombre del hidalgo manchego, ver Frenk, 2015a. 3 Close, 2005; Canavaggio, 2005.

2 Este final, que viene a zanjar definitivamente la rivalidad con Avellaneda, parece pues conferirle a la novela una suerte de ejemplaridad al mostrar a un don Quijote (o mejor, a un Alonso Quijano del que, por fin, sabemos el nombre 2 ) desengañado, que tras sus locas salidas, consigue sobreponerse a los «encantos» de la ficción y volver a la razón y a su identidad antes de encomendarse a su Creador.

4 Martín Morán, 1998.

3 Sin embargo, el lector atento de Cervantes, que ya sabe por sus Novelas ejemplares que su concepción de la ejemplaridad es tan rica y movediza como su concepción de la autoría 4, no puede dejarse engañar por este primer nivel de lectura aparentemente ejemplarizante.

Por una parte, porque aunque la muerte del protagonista focalice nuestra atención y parezca un episodio aislado dentro de una narración predominantemente cómica, la muerte está muy presente, a distintos niveles, en toda la narración: la muerte es, de hecho, un motivo que recorre e inerva el conjunto de la narración, que está profundamente integrado en esta y contribuye a sus objetivos.

Por otra parte, sabedores de la minucia y la complejidad con la que Cervantes concibe sus relatos, nos resultará difícil conformarnos con la mera interpretación ejemplarizante de la muerte del protagonista.4 Nuestro trabajo pretende proponer una interpretación del motivo de la muerte en el conjunto del Quijote que nos permita identificar cual es, según Cervantes, el papel de la muerte en la vida de los hombres y cómo entender la muerte de don Quijote, más allá del primer nivel de lectura que no es más que la puerta de entrada a una profundidad que Cervantes reserva a aquellos que la busquen.

5 Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. de Francisco Rico, «Prólogo», p.19: «Y pues esta vuestra (.) 6 Citaremos aquí tan solo el trabajo pionero de Russell, 1969 y el libro fundamental de Close, 2007.

5 El Quijote se presenta desde su mismo prólogo como un libro de entretenimiento cuya puerta de entrada universal y reivindicada es la risa 5, La propia crítica ha puesto especial énfasis en los últimos años en recobrar la dimensión cómica del libro tras más de un siglo de interpretaciones románticas e incluso trágicas 6, permitiéndonos así recuperar una dimensión sin la cual no se puede entender cabalmente el Quijote,

Pero esta dimensión cómica no impide que la muerte tenga una presencia muy importante en toda la narración, a distintos niveles. El primero de ellos es sin duda la desdramatización de la muerte de tal manera que esta se integra plenamente en la dimensión cómica de la narración: no solo la muerte, en la mayoría de sus ocurrencias, no parece contrarrestar la comicidad del relato, sino que Cervantes la somete a una suerte de estilización que la despoja de todo dramatismo y la presenta como algo casi irreal.

Hemos identificado varios recursos que buscan obtener este efecto.

¿Cuáles son los valores de don Quijote de la Mancha?

El Quijote contiene muchos valores. De ellos el Dr. Martínez-Otero selecciona los diez siguientes: amor, espiritualidad, honor, justicia, lealtad, libertad, nobleza, palabra, paz y valentía. Sobre dichos valores se ofrece un análisis que invita al lector a la reflexión.

¿Qué dijo Miguel Ángel al terminar el David?

Una de las grandes estatuas de la historia tiene su réplica en Parque Europa, el hermosísimo David de Miguel Ángel Buonarroti, Renacimiento florentino en vena. Miguel Ángel aprovechó un bloque de mármol abandonado 20 años antes ya que un artista lo rompió al tratar de esculpir algo.

Miguel Ángel dijo eso de “Anda, trae pacá que sois unos inútiles”. Tardó dos años en hacer la escultura de David. El pequeño israelita que, según la Biblia, le metió la pedrada a Goliath, aquel gigantesco guerrero de los invasores filisteos. La estatua es impresionante pero tiene un pequeño error digamos históricoanatómico.

Tiene que ver con el hecho de que David era judío. ¡Exacto! La circuncisión era y es un rasgo de comunidad en el pueblo judío. ¡Y este David no está circuncidado! No sabemos si es error u omisión por parte de Miguel Ángel. O tal vez es una licencia poética.

¿Cómo se llama la obra más importante de Miguel Ángel?

La creación de Adán La obra maestra del Miguel Ángel pintor.

¿Que inspiraba a Miguel Ángel?

Fue alumno de Ghirlandaio en Florencia y se inspiró en las obras de los artistas de la escuela tradicional florentina, como Giotto y Masaccio.

¿Como dijo Gabriel García Márquez?

Frases más célebres – “El periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad” “Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.” “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.” “No hay medicina que cure lo que no cura la felicidad” “Solo porque alguien no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su ser” “La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada.” “No es verdad que las personas dejen de perseguir sueños porque se hacen viejas, sino que se hacen viejas porque dejan de perseguir sus sueños” “Un hombre solo tiene derecho de mirar a otro hacia abajo cuando tiene que ayudarlo a levantarse”.

¿Qué es el amor para Cervantes?

– ‘El amor es un humo que sale del vaho de los suspiros, al disiparse, un fuego que chispea en los ojos de los amantes, al ser sofocado, un mar nutrido por las lágrimas’.

¿Que no quiso recordar Cervantes?

Munera, en Albacete, es el lugar que Cervantes no quería recordar Años de lectura de “El Quijote” y de investigación han llevado al manchego Francisco José Valera y a Álvaro Anguix a poner nombre a la incógnita que Miguel de Cervantes dejaba en las primeras palabras de su novela.

  • No tienen duda, ese lugar de cuyo nombre Cervantes no quería acordarse, es Munera.
  • Se hace evidente, dicen, a lo largo del relato mediante jeroglíficos, expresiones metafóricas y localizaciones descritas en la historia.
  • Creen saber por qué lo esquiva intencionadamente.
  • Cervantes, para salir de la cárcel de Argel contrajo una deuda que le iba a perseguir durante toda su vida.

Curiosamente, Munera viene del latín “Munus, Muneris” que significa deuda. De ahí, su olvido. Pero es más, ambos están convencidos de que el autor quiso retar al lector para que descubriera la verdad dejándole pistas. La primera, cuentan, está escondida en la E capitular donde se adivina el paisaje de Munera, con las eras, la torre y el castillo.

Hay claves también en el juego de mayúsculas del principio de las andanzas de Don Quijote que dan parte del nombre del pueblo. Y como no, en la propia aventura del hidalgo y su escudero donde encontramos evidencias del paisaje típico de la zona como la era, el río y las cuestas que llevan al pueblo. Esta investigación tiene felices a los habitantes de este pueblo albaceteño.

Esperan como agua de mayo esos turistas que quieran recorrer la tierra del caballero de la triste figura. Gustosos, les darán posada. : Munera, en Albacete, es el lugar que Cervantes no quería recordar

¿Por qué las personas creen que Don Quijote está loco?

El origen de la locura del hidalgo es atribuido por Cervantes, al inicio de su novela, a la compulsiva lectura de libros de caballería, de noche y de día ‘y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro de manera, que vino a perder el juicio’.

¿Que decía el Quijote que era un caballero andante sin amores?

Un hidalgo sin mayores medios, entrado ya en la cincuentena de la edad, que vivía en una aldea innominada de la Mancha, tuvo un día la ráfaga de meterse a caballero andante. Queda explicado ya (capítulo IV) que esto no fue una verdadera chifladura, sino que fue algo perfectamente solidario y consistente, para nuestra Edad de Oro y su ideología mayoritaria, con el tipo de ingenio -hoy diríamos personalidad, creo- que respaldaba la manía exacerbada del machucho postulante a la caballería andante.

Lanzado ya por esta pendiente, que, con mayor seriedad, hay que denominar su plan de vida, «lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos» (I, I). El caballero, en cuanto persona, queda listo para la aventura, pero le falta lo esencial para aspirar a la caballería andante: algo en qué ir caballero.

Por consiguiente, «fue luego a ver a su rocín». Pero su futuro corcel -que nunca pasó de jamelgo, la verdad sea dicha- debe corresponder en todo a las cualidades del futuro héroe que le montará: héroe in potentia para el mundo, héroe in re para sí mismo.

Sigue el acto sacramental del bautismo equino: la cabalgadura se llamará Rocinante. Sigue el peliagudo momento del autobautismo, cuyas vacilaciones se prolongarán por ocho días, y por fin se da en el clavo: don Quijote de la Mancha. «Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma».

El enamoramiento de don Quijote obedece, de forma evidente, a la misma convención que le llevó a bautizar a su rocín y darse a sí mismo el nombre que con su sonoridad y fama ha llenado los siglos. Me refiero a la convención literaria de la caballeresca, y es allí donde debemos empezar nuestras investigaciones con el fin de comprender las características del amor de don Quijote.

Pero antes será conveniente echar una rápida mirada al objeto de los amores de don Quijote. En un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni se dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos, y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

No hay que acudir para nada a los esoterismos del siglo pasado, que llegaron a desbarrar al punto a entender a Dulcinea a través de su anagrama de Dina Luce, para explicarnos el nombre de la dama de los pensamientos de don Quijote. Ha sido Rafael Lapesa quien, con su claridad y erudición acostumbradas, ha estudiado el nexo que, en la mente de don Quijote, unía el nombre de Aldonza al de Dulcinea.

El étimo de Aldonza es el visigótico Aldegundia, En la alta Edad Media comenzó a divulgarse el nombre culto latino de Dulce, Hacia el siglo XII, «el nombre de Dolza, exótico, pero claramente significativo, consumó la atracción semántica sobre Aldonza, Eldonza, que fueron sentidos como variantes vulgares de los cultos Dulcia, Dulce ».

Don Quijote de la Mancha, caballero medieval redivivo, identificaba Aldonza con Dulce, y en consecuencia, él forma el nombre, que asimismo ha pasado a la fama, de Dulcinea, no directamente sobre Aldonza, sino sobre su equivalente Dulce, Y Lapesa termina su erudita y contundente demostración con estas palabras, que hago mías: « Dulcinea cumplía todos los requisitos exigibles: poseía suave musicalidad; mantenía con dulce un contacto significativo, pero desmaterializado, referible sólo al delectamiento espiritual; y se situaba en el mismo plano de vaguedad y lejanía que Florisea, Arbolea, Cariclea, Febea y otros nombres de heroínas celebradas por la novela y el teatro del siglo XVI».139 La convención literaria de la caballeresca había tenido reflejos históricos mucho antes de fundamentar el plan de vida de don Quijote.

  1. Daré de inmediato un par de ejemplos para ilustrar el grado de penetración de la caballeresca literaria en la vida histórica española.
  2. Lo que fue manía para don Quijo, producto de su locura, no lo fue para la nobleza española en cien años tan cercanos a él como los del reinado de los Reyes Católicos.

Don Quijote, como su creador, y como todos los genios, vivió a descompás de su siglo. ¡Pobre don Quijote el Incomprendido, cuántos palos que llevaste son atribuibles a la incomprensión de los circunstantes! La historia de Castilla nos dice que allá por el año de 1330, el rey Alfonso XI, el triunfador del Salado y el que ganó a Tarifa, fundó la Orden de la Banda.

Se conservan casi todos los artículos de la constitución de la Orden, que empiezan así: «Aquí se comienza el Libre de la Vanda que fizo el Rey don Alfonso de Castilla.» Y prosigue más abajo, en el mismo artículo: «La cosa del mundo que pertenece más al Cavallero es verdat e lealtad, et aun de que se más paga Dios, por ende mandó facer este Libro de la Orden de la Vanda, que es fundado sobre estas dos razones: sobre la Cavallería, et sobre la lealtat.

Et pues que vos havemos fablado algo de la Cavallería, agora queremos vos decir alguna cosa de la lealtat. Como quier que la lealtat se entiende guardar en muchas maneras, pero las principales son dos. La primera es guardar lealtat a su Señor.140 La segunda, amar verdaderamente a quien oviere de amar, especialmente aquella en quien pusiere su corazón.» La parte que más me interesa destacar, con fines ulteriores, es esta parte de los estatutos: «Mandaba la regla que ningún caballero de la Vanda estuviese en Corte sin servir alguna dama, no para la deshonrar, sino para la festejar, o con ella se casar, y cuando ella saliese fuera la acompañase, como ella quisiese, a pie o a caballo, llevando quitada la caperuza y faciendo su mesura con la rodilla».141 La palabra mesura nos debe poner de inmediato sobre la pista de los lejanos modelos que tenía en mente Alfonso XI de Castilla para crear la Orden de la Banda.

Porque las voces servir y mesura nos colocan de lleno en el vocabulario del amor cortés. Pero ya habrá tiempo de volver a esto, y explayarme, como espero hacer hacia fines de este capítulo. Volvamos a la historia. De 1525 a 1528 fue embajador de Venecia en la España de Carlos V el ilustre patricio Andrea Navagero.

Nada importante en los anales diplomáticos registró esta embajada, mas en la historia literaria de España causó una revolución permanente. En Granada, y en 1526, conoció a Juan Boscán, a quien convenció a introducir en España la métrica italiana, o sea, el endecasílabo.

  1. Y el joven amigo de Boscán, Garcilaso de la Vega, se encargó de aclimatar definitivamente en la poesía española ese tipo de metro.
  2. Claro está que no es esto a lo que iba, pero no lo pude evitar dadas las inmensas consecuencias de unas charlas granadinas.
  3. Navagero, muerto en 1529, nos dejó una suerte de diario de viaje, Il viaggio fatto in Spagna (edición póstuma de 1563), y, además, cinco cartas escritas a su íntimo amigo, compatriota y aficionado a las mismas cosas, Juan Pablo Ramusio.

En la última de estas cartas, fechadas en Granada el 31 de mayo de 1527, escribe Navagero a Ramusio acerca de la gloriosa guerra que acabó con el poderío moro en España, muchos de cuyos actores todavía vivían cuando viajó por la Península el embajador veneciano.

Al final de dicha carta escribe Navagero lo contenido en la larga cita que sigue, cuya longitud espero que el lector disculpará por su directa relación con nuestro tema: La guerra de Granada fue notable; no había entonces tanta artillería como después se ha inventado, y se conocían mejor los hombres valerosos que ahora pueden conocerse; 142 todos los días se andaba a las manos y se hacía alguna hazaña; toda la nobleza de España acudió a la guerra, y todos deseaban señalarse y ganar fama, de suerte que en esta guerra se formaron los hombres animosos y los buenos capitanes de España; en ella, un hermano mayor del Gran Capitán adquirió grandísima fama y honra, 143 y él mismo empezó aquí a darse a conocer, preparándose para sus futuras hazañas.

A más de estos estímulos, la reina con su corte lo fue grandísimo; no había caballero que no estuviese enamorado de alguna dama de la corte, y como estaban presentes y eran testigos de cuanto se hacía, dando con su propia mano las armas a los que iban a combatir, y con ellas algún favor, o diciéndoles palabras que ponían esfuerzo en sus corazones y rogándoles que demostrasen con sus hazañas cuánto las amaba, ¿qué hombre, por vil que fuese y por cobarde y débil, no había de vencer tras esto al más poderoso y valiente enemigo, y no había de desear perder mil veces la vida antes que volver con vergüenza ante su señora? Por esto se puede decir que en esta guerra venció principalmente el amor.144 ¡Qué de hazañas hubiese cosechado don Quijote en la Guerra de Granada, si sólo hubiese vivido esos días y Dulcinea del Toboso hubiese sido dama cortesana de la Reina Católica! Más debemos destacar también el incipiente quijotismo, avant la lettre, del diplomático y humanista Andrea Navagero, que se expresa en su larga interrogación retórica del final.

  • El quijotismo de la España que vivió a caballo de los siglos XV y XVI era ambiental, no cabe duda, y en alas de esa forma de vida se conquistó Granada, se descubrió y conquistó América y se comenzó la expansión en el Norte de África.
  • Lo único lamentable es que don Quijote de la Mancha vino a la vida -del arte, al menos- unos cien años más tarde.

Deben bastar estos testimonios para remachar la cuestión de que mucho antes de don Quijote amor y caballería eran términos sinónimos, o poco menos. Pero los dos textos a que me he atenido hacen muy claro, asimismo, que se trataba de un tipo especial de amor.

Y queda dicho que ese concepto del amor obedecía a la convención literaria que don Quijote mejor conocía y que para nosotros es la más fácil de explorar. Me refiero, claro está, a los libros de caballerías. Para proceder con orden y método creo conveniente estudiar el material de acarreo en la tradición literaria en dos etapas.

Primero, ver lo que nos dicen las novelas de caballerías al respecto, y luego proceder a lo que formuló el concepto del amor que en ellas rige, 145 que es otra forma de decir que nos remontaremos hasta la literatura trovadoresca, la Provenza del siglo XII y el concepto del amor que allí surgió.

  1. En realidad, y aquí viene la primera restricción que me impongo, no hay para qué estudiar el concepto del amor en muchos o pocos libros de caballerías, que uno nos bastará.
  2. Y me refiero, desde luego al amor que centra la vida del protagonista del Amadís de Gaula,
  3. No hay para qué abundar en lo obvio y ya dicho: Amadís es el modelo de la vida de don Quijote, como él expresa en varias ocasiones, y su ejemplo remontará su vida a los niveles del arte.

Es imposible resumir el argumento del Amadís, obra de estructura tan complejo como típicamente medieval y del género. La acumulación de episodios es fenomenal, y cada uno de ellos ve la aparición de nuevos personajes. Pero -creo y espero que el dato no esté muy trasconejado en la memoria de cada uno de nosotros- lo esencial, para Amadís y para mis propósitos del momento, es que Amadís se enamora y dedica su vida al objeto de sus amores, la princesa Oriana, hija de Lisuarte, rey de la Gran Bretaña.

Algo de estos amores debo repasar ahora, con fines que se verán en su momento. Amadís tenía doce años de edad y se educaba en la corte del rey Gandales de Escocia. A esta corte llegan el rey Lisuarte y su hija, la incomparable Oriana, que contaba entonces diez años. La reina de Escocia, de quien el joven Amadís «era mucho amado», le pone al servicio de Oriana con estas palabras, de las que destacaré las más pertinentes a mi tema: -Amiga, éste es un donzel que os seruirá,

Ella dixo que le plazía. El donzel touo esta palabra en su coraçon de tal guisa que después nunca de la memoria la apartó, que sin falta, assí como esta historia lo dize, en días de su vida no fue enojado de la seruir y en ella su coraçón fue siempre otorgado, y este amor turó quanto ellos turaron, que assí como él la amaua assí amaua ella a él.

La idea de un servicio de amor, de que amar implica servir a la mujer amada, esto nos vuelve a poner sobre la pista indubitada: el amor cortés. Todavía no he llegado al tema del amor cortés, mas todo se andará. Lo que me importa dejar en claro desde ya es que don Quijote, al escoger como norte vital a Amadís de Gaula, lo que hace, en este aspecto del amor, es seguir los conceptos rectores del amor cortés, aunque en segunda instancia.

Algunos ejemplos más acerca del amor de Amadís por Oriana, y las características de dicho amor, harán, en la ocasión, de cabeza del viejo y bifronte dios Jano de los romanos. Con lo que quiero advertir al lector que, al repasar yo esos ejemplos, él debe tener la atención enfocada hacia dos extremos temporales.

Hacia el futuro, debe mirar hacia la emulación de Amadís por don Quijote, y hacia el pasado debe tratar de avizorar los tesoros poéticos y conceptuales que los trovadores encerraron en la idea de amor cortés. Conste, sin embargo, que en ninguno de los tres casos -trovadores, Amadís, Quijote – el parecido es a rajatabla; se trata, más bien, de que tanto el Amadís como el Quijote reflejan, en desigual medida en diversas ocasiones, caracteres reglamentarios de lo que la Provenza medieval sistematizó en amor cortés,

El destino amatorio de Amadís, el hecho de que toda su vida fue puesta al servicio de Oriana, fue profetizado por Urganda la Desconocida, benévola encantadora que vuelve a aparecer en nuestra novela máxima: Será flor de los caualleros de su tiempo; éste fará estremecer los fuertes; éste començará todas las cosas y acabará a su honrra en que los otros fallescieron; éste fará tales cosas que ninguno cuydaría que pudiessen ser començadas ni acabadas por cuerpo de hombre.

Este hará los soberuios ser de buen talante; éste aurá crueza de coraçón contra aquellos que se lo merecieran, y ahun más te digo, que éste será el cauallero del mundo que más lealmente manterná amor y amará en tal lugar qual conuiene à la su alta proeza. El plan de vida, el personaje que adoptará el vejestorio de la Mancha, está ínsito en esta profecía.

Él no duda nunca en verse, y hasta identificarse, como la «flor de los caballeros de su tiempo», a pesar de cardenales ganados y de muelas perdidas. Y así como Amadís sale a la vida bajo la estrella de que será el más leal amador, de la misma manera don Quijote, con plena conciencia y voluntad, se entrega de una vez por todas a su amor por Dulcinea del Toboso, a pesar de las tentaciones que puede proveer una Maritornes (parte I) o una Altisidora (parte II).

  • Pero vale la pena insistir en el hecho de que cuando don Quijote nace a la vida, cuando el hidalgo de aldea formula su plan de vida, es en ese mismo momento en que nace Dulcinea del Toboso y el servicio de amor que le prestará don Quijote de la Mancha a machamartillo.
  • Una de las primeras entrevistas entre Amadís y Oriana es precedida por el regalo de un anillo de la amada al caballero.

Amadís «lo tomó viniéndole las lágrimas a los ojos, y besándolo le puso en derecho del coraçon y estuvo vna pieça que hablar no pudo» (I, XIV). Y unas horas más tarde se sigue la entrevista nocturna: «Quando Amadís assí la vio, estremesciose todo con el gran plazer que en verla vuo; y el coraçón le saltaua mucho que holgar no podía» ( ibidem ).

  • Como buen amante a la manera cortesana, Amadís tiembla de emoción al ver el objeto de su culto amoroso.
  • Don Quijote fue mucho menos feliz que Amadís en este sentido, ya que nunca llegó a ver a Dulcinea del Toboso.
  • Precisamente, en la tercera salida, cuando van camino del Toboso con el fin expreso de verla, don Quijote le recuerda a su escudero: «¿No te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?» (I, IX).

Por un lado, éste es el asidero que necesita Sancho para llegar a la inaudita invención de encantar a Dulcinea. Pero voy a otros fines ahora. Como don Quijote nunca ha visto a Dulcinea, ni la verá, no hay en su vida paso semejante al de Amadís cuando se entrevista con Oriana.

  • Pero don Quijote envía a Sancho al Toboso a buscar a la dueña de sus pensamientos, y él imagina los resultados de la posible entrevista como consecuencia de los cánones corteses: -Anda, hijo -replicó don Quijote-, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de hermosura que vas a buscar.
  • ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo! Ten memoria, y no se te pase della cómo te recibe: si muda las colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada; si acaso la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está en pie, mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle, aunque no esté desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus acciones y movimientos; porque si tú me los relatares como ellos fueron sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre los amantes las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior del alma pasa.
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Las instrucciones de don Quijote a su escudero se respaldan en acciones y reacciones como las siguientes: «Quando Amadís se vio ante su señora, el coraçón le saltaua de vna y otra parte, guiando los ojos a que mirassen la cosa del mundo que él más amaua,

Quando Amadís se oyó loar de su señora, baxó los ojos a tierra, que sólo catar no la osaua; y paresciole tan hermosa que el sentido alterado la palabra en la boca le hizo morir» (I, XXX). En cierta ocasión es Gandalín, escudero de Amadís, quien lleva una embajada de éste a Oriana, y describe cómo dejó a su amo en estos términos: «Señora, él no pasará vuestro mandado por mal ni por bien que le auenga, y por Dios, señora, aued dél merced, que la cuyta que hasta aquí suffrió en el mundo no hay otro que la sufrir pudiesse; tanto, que muchas vezes esperé caérseme muerto hauiendo va el coraçón desfecho en lágrimas» (I, XIV).

Don Quijote no llega a tales extremos amorosos como los de Amadís, y bien se sabe que nuestro hidalgo en más de una ocasión acusó al paladín de Gaula de «llorón» (II, II). Pero en la carta que escribió a Dulcinea desde Sierra Morena el hidalgo manchego trata de definir su pasión amorosa en términos de la caballería cortesana a lo Amadís: Soberana y alta señora: El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene.

  • Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera.
  • Es evidente que tanto don Quijote como Amadís se humillan voluntariamente ante la señora de sus pensamientos, como demuestran los dos ejemplos que vengo de copiar.

Además, la ausencia de la persona amada causa un dolor mortal o, por lo menos, una cuita muy duradera. Amadís se enamora instantáneamente de Oriana, y decía entre sí: «Ay, Dios! ¿Por qué vos plugo de poner tanta beldad en esta señora y en mí tan gran cuyta y dolor por causa della? En fuerte punto mis ojos la miraron, pues que perdieron la su lumbre» (I, IV).

  1. Amadís cae asaetado por la amorosa visione de Oriana, como en vida nos narra Dante que le ocurrió a él al ver a Beatrice a la distancia en una calle florentina ( Vita nuova, II-III).
  2. En este sentido don Quijote es el compendio y suma del amante cortés, porque él crea a la señora de sus pensamientos y el acto de creación es simultáneo con el acto del enamoramiento.

Amadís se enamoró de Oriana a los doce años; Dante se enamoró de Beatrice a los nueve; don Quijote se enamoró de Dulcinea a nativitate, con lo que quiero decir que desde el momento que Dulcinea nació como tal en su imaginativa -y no Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales-, desde ese momento el recién bautizado caballero se enamoró de ella.

  1. El amor provoca el insomnio del enamorado, que no puede hacer otra cosa que pensar en la señora de sus pensamientos.
  2. Amadís ha sido armado caballero y sale al encuentro de aventuras; es la primera separación de Oriana.
  3. En compañía de la doncella de Dinamarca llega a un castillo: «Pues allí llegados, aquella noche fueron muy bien seruidos.

Mas el Donzel del Mar no dormía mucho, que lo más de la noche estuuo contemplando en su señora donde se partiera, y a la mañana armose y fue su vía con su donzella y el escudero» (I, V). Después de la desastrosa aventura con los molinos de viento «toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros» (I, VII).

Mucho más tarde, en plena campaña, en una noche oscura, don Quijote y Sancho se ven embestidos por una numerosa piara de cerdos. Al renacer la calma aconseja Sancho a su amo: «Ahora bien, tornémonos a acomodar y durmamos lo poco que queda de la noche, y amanecerá Dios y medraremos. -Duerme tú, Sancho -respondió don Quijote-, que naciste para dormir; que yo que nací para velar, en el tiempo que falta de aquí al día, daré rienda a mis pensamientos, y los desfogaré en un madrigalete, que, sin que tú lo sepas, anoche compuse en la memoria» (II, LXVIII).

No olvide el lector que el enamorado Amadís también compone versos; en la Peña Pobre, «acordándosele la lealtad que siempre con su señora Oriana tuuiera y las grandes cosas que por la seruir auía fecho, sin causa ni merescimiento suyo auerle dado tan mal galardón, fizo esta canción con gran saña que tenía, la qual dezía assí.» (II, LI).

  • En ocasiones la tristeza de la separación se sobrepone al caballero, y entonces éste busca la soledad para pensar libre en su amor y triste sino.
  • Amadís de Gaula, camino de la Peña Pobre, «metiose por vn valle y vna montaña, y yua pensando tan fieramente que el cauallo se yua por donde quería, y a la hora del mediodía llegó el cauallo a vnos árboles que eran en una ribera de vna agua que de la montaña descendía, y con el gran calor y trabajo de la noche paró allí, y Amadís recordó de su cuydado, y miró a todas partes y no vio poblado ninguno, de que ouo plazer» (II, XLVIII).

En la primera parte don Quijote se halla en análogas circunstancias, ya que las ha buscado él adrede para poder llevar a cabo su penitencia en la Sierra Morena, con deliberada imitación de Amadís en la Peña Pobre. En su soledad nuestro hidalgo «se entretenía paseándose por el pradecillo, escribiendo y grabando por las cortezas de los árboles y por la menuda arena muchos versos, todos acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea» (I, XXVI).

  1. Las citas anteriores del Amadís bastan para demostrar que el protagonista ve en Oriana el cúmulo de las perfecciones posibles.
  2. Don Quijote no puede por menos que hacer lo mismo con Dulcinea, en un interesantísimo pasaje que comienza con dudas que expresa la duquesa acerca de la existencia real de la amada del hidalgo manchego: « es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.» -En eso hay mucho que decir -respondió don Quijote-.

Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.

Este texto no hace más que corroborar algo que con mucha anterioridad había dicho don Quijote: Dos cosas solas incitan a amar más que otras; que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumada en Dulcinea, porque en ser hermosa ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan.

Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina.

  1. Amadís de Gaula está a punto de trabar un descomunal combate con el rey Abies, y se conforta con el pensamiento de que «si lo venciesse sería la guerra partida, y podría yr a ver a su señora Oriana, que en ella era todo su coraçón y sus deseos» (I, VIII).
  2. Don Quijote no vacila en reprochar a su escudero: ¿No sabéis vos, gañán, faquín, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde en mi brazo, que no le tendría yo para matar una pulga? Decid, socarrón de lengua viperina, y ¿quién pensáis que ha ganado este reino y cortado la cabeza a este gigante, y héchoos a vos marqués, que todo esto doy ya por hecho y por cosa pasada en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí, y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser.

En el libro II del Amadís, a partir del capítulo LXIII, comienza la larga aventura del arco de los leales amadores en la Ínsula Firme, que era una prueba a que sometía la infanta Briolanja a los amantes para averiguar si eran fieles y leales o no. Claro está que Amadís triunfa de la prueba, y queda definido así por el más fiel y leal amador del mundo.

De la misma manera ve don Quijote de la Mancha sus relaciones amorosas con Dulcinea del Toboso: Él se imaginó haber llegado a un famoso castillo -que, como se ha dicho, castillos eran a su parecer todas las ventas donde alojaba-, y que la hija del ventero lo era del señor del castillo, la cual, vencida de su gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendría a yacer con él una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó a acuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se había de ver, y propuso en su corazón de no acometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante.

Mucho más tarde, «las dos semidoncellas», Maritornes y la hija de la ventera, quieren jugarle una mala pasada a don Quijote. Es de noche y don Quijote está armado de punta en blanco, en vela y en guarda de la venta-castillo; una de ellas le llama, y el caballero andante se siente asediado por una tentación de San Antonio, y con sosiego explica: -Lástima os tengo, fermosa señora, de que hayades puesto vuestras amorosas mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro gran valor y gentileza; de lo que no debéis dar culpa a este miserable andante caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar su voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la hizo señora absoluta de su alma.

  1. No hay duda: don Quijote de la Mancha, como Dante Alighieri unos siglos antes, ha tenido su amorosa visione, que también le dice, como la visión del inmortal italiano, que ego dominus tuus,
  2. Sólo que don Quijote nunca en su vida descansó los ojos en Dulcinea del Toboso, como pudo hacer a menudo Dante respecto a Beatrice, ya que Dulcinea estaba toda en su imaginación, mientras que Aldonza Lorenzo se había traspapelado a algo que «los otros» llaman realidad.

En suma: creo yo que no hay distinción alguna entre el plan de vida que le ha sido impuesto a Amadís de Gaula por su herencia de sangre ( vide supra, capítulo III), y el que escoge de su libre albedrío el machucho hidalgo manchego que se autobautizará don Quijote de la Mancha.

  1. Y en esta ocasión quiero reducir el enfoque a la consideración del amor como ingrediente máximo en la vida.
  2. Para Amadís de Gaula, como para don Quijote de la Mancha,,
  3. Como para Dante Alighieri, es « l’Amor che move il sole e l’altre stelle » ( paradiso, XXXIII, 145).
  4. Por todo ello don Quijote concibe que lo más fecundo de su vivir como caballero andante consistirá en seguir los pasos de Amadís de Gaula o, como él dirá: «Sólo me guío por el ejemplo que me da el grande Amadís de Gaula» (I, L,).

La caballería andante es oficio vital sin cesantías; se es caballero andante de por vida, y con dedicación plena. Y ya hemos visto, en el caso de Amadís de Gaula, que el ser caballero andante implicaba como paso previo el estar enamorado, en su caso de Oriana, a quien ama desde los doce años (ver ejemplo supra ).

  • Todo esto permite generalizar, y decir que caballería andante y amor eran sinónimos, siempre que quede bien entendido que se habla del amor cortés, y ningún otro.
  • Con todo esto por delante, adquiere una nueva dimensión lo que dice don Quijote, cuando declara: «De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos» (I, L).

Cerremos el círculo: como caballero andante, profesión a la que ha optado de libérrima voluntad, don Quijote tiene que estar enamorado; es un imperativo categórico. Lo declara él mismo en la Sierra Morena, cuando habla de «todos aquellos que debajo de la bandera de amor y de la caballería militamos» (I, XXV).

Su amor, por consiguiente, se derrama a raudales hacia Dulcinea del Toboso. Y Dulcinea, en la imaginativa del enamorado, es el summum bonum, la fuente que destila todas las perfecciones. Por eso es que don Quijote es el primero en reconocer que desde que llegó a ser caballero andante, forma alterna de decir caballero enamorado, aprendió el sentido íntimo de valentía, liberalidad, cortesía y tantas otras virtudes.

Hemos desembocado en el amor cortés. Y con esto no quiero insinuar en absoluto que don Quijote se haya dedicado a la arqueología ideológica o sentimental, en la misma medida en que trató de renovar la caballería andante. Para la época de don Quijote -de Cervantes-, el amor cortés era uno de los posibles y aceptables sistemas de coordenadas sentimentales del hombre, aunque, hay que confesarlo, ya un poco de capa caída.

Que vos me permitáis sólo pretendo,
y saber ser cortés y ser amante;
esquivo los deseos, y constante,
sin pretensión, a sólo amar atiendo.
Ni con intento de gozar ofendo
las deidades del garbo y del semblante;
no fuera lo que vi causa bastante,
si no se le añadiera lo que entiendo.
Llamáronme los ojos las faciones;
prendiéronlos eternas jerarquías
de virtudes y heroicas perfeciones.
No verán de mi amor el fin los días:
la eternidad ofrece sus blasones
a la pureza de las ansias mías.

Desde luego que para la época de Quevedo el amor cortés no existía ya en estado químicamente puro. Muchos años, siglos, generaciones, habían pasado desde su lejano nacimiento allá en la Provenza del siglo XII. El amor cortés de los trovadores provenzales -el fin amor – había sido tamizado por los poetas de la escuela siciliana, por il dolce stil nuovo, Dante, Petrarca, y todo este complejo refinado por la alquitara del neoplatonismo florentino del siglo XV: Marsilio Ficino y sus divulgadores, Bembo, Castiglione y León Hebreo.

Pero no fueron estas lecturas las que soliviantaron el ánimo y trastornaron el caletre a don Quijote, aunque en una imprenta barcelonesa demostró su familiaridad con libros de esta prosapia (II, LXII). Los libros que le afectaron, y desde el primer capítulo de su vida queda esto bien claro, fueron los de caballerías.

Y el concepto del amor en la literatura caballeresca adquiere forma al insuflo del amor cortés. Con esto quiero dejar bien claro que no pretendo en absoluto que don Quijote, o su creador, tuviese clara memoria de la poesía amorosa provenzal -caso de improbabilidad absoluta-, sino que se rigen por los mismos principios desde el momento en que se inspiran en la literatura caballeresca, hijuela laica de -la poesía amorosa de los trovadores provenzales.

Esto último no hay para qué demostrarlo, ya que ha constituido el tema de numerosos trabajos y monografías, y es a lo que dedica su libro, ya citado, Justina Ruiz de Conde. Lo que sí conviene repasar con cierta puntualidad son los principios fundamentales del amor cortés, por aquello de que son la piedra angular de los libros de caballerías, y éstos, a su vez, del empecinado vivir de un hombre que escogió llamarse don Quijote de la Mancha.

El amor cortés, y ya queda dicho, nació en la Provenza del siglo XII, y se formuló en los cantares de amor de sus trovadores. Bien es cierto que ellos no le conocieron por tal nombre, denominación, sin embargo, que ha prevalecido desde la época de los capitales estudios de Gastón Paris acerca de la literatura medieval francesa.

Los trovadores provenzales conocían a tal concepto como fin amor, y el adjetivo fin, fis, deriva del latín fides, o sea que al decir fin amor se entendía amor fiel, leal, sincero, honesto, verdadero. Ahora bien, no perdamos la brújula y supongamos que todos los trovadores sintieron de igual manera.

Eso es un imposible en cuanto es aplicable al género humano. Los anales literarios cuentan varios centenares de nombres de ellos, unos cuatrocientos, según los entendidos.148 Un rey de Aragón, un duque de Aquitania, un gran noble catalán como Guillén de Berguedá, el juglar Pistoleta o bien el sastre Guillem Figueira.

Este mundo de personas tan variadas, de diversos países y clases sociales, escribió una poesía tan semejante en ocasiones como repleta de discrepancias en otras. No puedo ni quiero meterme en el problema de los orígenes del concepto de amor cortés. A menudo este tipo de enfoque histórico aclara las cuestiones al proyectarlas contra un marco determinado y preexistente al problema a resolver.

Pero éste es un caso en que las más sesudas monografías se han escrito a la defensa de puntos de vista diametralmente opuestos, que por un lado nos pueden remontar hasta la poesía arábigo-andaluza, o por el otro a la lírica latina medieval. Es cuestión espinosísima en la que los eruditos, día por día, discuten suaviter in modo, fortiter in re, aunque no siempre.

  1. No es pequeña suerte el hecho de que la cuestión no nos debe inquietar mayormente.
  2. Algunas características principales del amor cortés, en su formación poética medieval, bastarán para dar la debida densidad ideológica al amor de don Quijote por Dulcinea.
  3. Lo que se podría llamar la teoría oficial de los trovadores acerca del amor se formuló, por lo general, en un vehículo lírico particular: la canso maestrada,

Y fuera ya del campo de la poesía, el amor cortés produjo obras didácticas medievales, de las que hay que mencionar, dada su excepcional importancia, el Tractatus amoris et de amoris remedio, de Andreas Capellanus, André le Chapelain, o sea el capellán Andrés.

Tal fue la fama e influencia de la obra del capellán que su primera edición constituye una de las primicias de la imprenta en Europa: se imprimió en Estrasburgo en 1473 ó 1474. La obra del capellán Andrés refleja la vida en la corte de la reina Leonor de Aquitania en Poitiers, hacia 1170. En España el Tractatus amoris sirvió de libro de texto en las cortes de amor que se establecieron en Barcelona durante el reinado de Juan I de Aragón, l’aymador de la gentileza, como le conoce la Historia, y que murió en 1359.

En esta época fue cuando el Tractatus amoris adquirió carta de ciudadanía peninsular, al ser traducido al catalán: Regles de amor i parlament de un hom i una fembra, El arte de cortejar a la dama -y bien sabía ya Ovidio que el amor era un arte- se llamaba domnei (de dompna, dama), que conjugado con drudaria (de drutz, amante) daba la práctica del buen amor, o sea del verdadero amor.

De domnas m’es veyaire
que gran falhimen fan
per so car no son gaire
amat li fin aman.

De verdad me parece que las damas cometen un gran error, porque los buenos amadores no son amados.» Como ya ha recordado la crítica, la postura familiar del fin aman ha quedado grabada para siempre en el sello del noble trovador Conon de Béthune (muerto hacia 1220).

En él, el caballero está arrodillado delante de su dama, con las manos extendidas en el gesto formal del homenaje feudal. Y encima del yelmo del caballero se halla la palabra Merci, Todo esto nos da una verdadera y ajustada imagen visual del fin amor : es obvia la relación de vasallaje entre caballero y dama.

Y si hubiese que escoger una palabra como lema de todos los buenos amantes, desde Conon de Béthune hasta don Quijote de la Mancha, ésta tendría que ser Merci, El fin aman es el vasallo de su dama, y está en sumisión perpetua a ella; el total estatismo de estas relaciones sólo se verá recompensado algún día por la merci, merced, gracia o favor de la amada.

La ou fins cuers s’melie,
doit on trouver
merci, aie,
por conforten.

Allá donde se humilla el fiel corazón debe hallarse gracia, ay, para confortar.» Hay una eterna actitud de súplica por parte del amante, contestada por el distanciamiento no menos eterno de la amada. El amor cortés, por consiguiente, no puede ser feliz y lleva en su seno un embrión trágico que al desarrollarse puede causar la muerte.

En realidad, el amor feliz no tiene verdadera historia literaria. Como demostró el suizo Denis de Rougemont en su libro ya clásico L’Amour et l’Occident (1939), el hombre europeo y, en general, toda la tradición occidental ha preferido el adulterio al matrimonio, ha colocado al amor en oposición a la vida, y ha perseguido la pasión hasta la muerte.

Como síntesis e ilustración de esta actitud dominante en la psicología occidental, Rougemont centró su estudio en el mito de Tristán e Iseo. Las repercusiones del tema, según se ve, son amplísimas y llegan a nuestros días, pero a pesar de su gran interés debo abandonarlo para volver al amor cortés y su infusión en la vida de don Quijote.

  • En el amor cortés, en su base, hallamos una metáfora que identifica al amor con el servicio feudal.
  • Si el caballero, en nuestro caso el amante, era vasallo de la dama, era su obligación servirla.
  • En este principio fundamental del amor cortés se apoyan las palabras de don Quijote a Sancho en la Sierra Morena, y que mucho antes cité con otros fines ( vide supra ): Porque has de saber que en este nuestro estilo de caballería es gran honra tener una dama muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan más sus pensamientos que a servilla por sólo ser ella quien es, sin esperar otro premio de sus muchos y buenos deseos sino que ella se contente de acetarlos por sus caballeros.

Varios siglos antes de don Quijote había escrito el enamorado Gaucelm Faidit, en su poesía que comienza Sitot ai tarzat : «Permanecí ante ella, con las manos extendidas, de rodillas y llorando, hasta que ella me tomó a su servicio. Y al principio se asombró de mi osadía, pero cuando vio mi humildad ella aceptó mi homenaje, porque comprendió que yo era sincero.

Soy su vasallo y servidor.» El sentido de toda la vida del gran trovador y enamorado Bernart de Ventadorn lo destila él en este verso: « Midons sui om et amics e servire » ( Per melhs cobrir lo mal pes e-l cossire ), «De mi señora yo soy vasallo, amante y servidor». Si volvemos ahora al símil feudal que sustenta toda la máquina del amor cortés, recordaremos que la idea de vasallaje implicaba obligaciones recíprocas.

Era obligación del vasallo servir a su señor, y era obligación del señor proteger al vasallo. Trasplantado esto a la provincia del amor tenemos la siguiente ecuación: el caballero amante es el vasallo que sirve a la mujer amada, quien, por consiguiente, es la señora, guía y protección del amante.

  1. No bien Dulcinea del Toboso es creada en la imaginación de don Quijote, cuando a éste «le pareció bien darle título de señora de sus pensamientos» (I, I).
  2. En el primer lance de armas que tiene don Quijote de la Mancha, con el arriero en la venta donde será armado caballero, invoca nuestro héroe: «Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo » (I, III).

Pronto yacen a sus pies dos arrieros descrismados, pero al ruido acude toda la gente de la venta. Impertérrito y a pie firme los espera don Quijote, después de haber hecho la siguiente invocación: «¡Oh, señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo» ( ibidem ).

La entrega del amante a la amada era total y de por vida, al punto que el amante quedaba inerme, sin protección ninguna, si no intervenía su amada. Uno de los primeros trovadores fue Guillermo IX, duque de Aquitania, poderosísimo señor feudal como bien se puede suponer. En su hermoso poema Farai chansoneta nueva escribió: «Me doy y me entrego tan por completo a ella que ella puede inscribir mi nombre en su título.

Y no me creáis loco si de tal manera amo a mi fina dama, porque sin ella no puedo vivir, tan grande es la necesidad que tengo de su amor.» Con mucha razón filosofará don Quijote: El amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que la muerte: que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores.

  • El deseado eco horaciano – Pallida Mors, aequo pulsat pede pauperum tabernas, regumque turres – añade solemnidad a la afirmación taxativa de don Quijote.
  • Y la poesía de Guillermo IX evidencia cómo el amor se había posesionado de los altos alcázares del duque de Aquitania.
  • La idea de servicio era fundamental para el amor cortés, y, como vamos viendo, también para el amor de don Quijote de la Mancha por Dulcinea del Toboso.

La oferta de servicio por parte del amante era total y de por vida; por eso escribió Bernart de Ventadorn en el poema Non es meravilha s’ieu chan : «Noble dama, no os pido nada sino que me aceptéis por vuestro servidor. Os serviré como se debe servir al buen señor, cualquiera que sea el galardón.

  • Aquí estoy, pues, a vuestras órdenes, sincero y humilde, alegre y cortés.» Es bien sabido que don Quijote sólo ve una vez a Dulcinea del Toboso, y aun así ella está encantada.
  • Una máxima bribonada de Sancho le hace creer que una labradora con fuerte olor a ajos crudos y montada en un borrico es la incomparable Dulcinea.

Como ya sabemos de la manera en que funcionan los encantamientos en el mundo de don Quijote, no nos sorprende en absoluto que el héroe acepte el encantamiento de Dulcinea. Veamos ahora las reacciones de don Quijote, prefiguradas por varios siglos en el sello de Conon de Béthune: «A esta razón ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora» (II, X).

El amante-vasallo don Quijote está puesto de rodillas, como bien corresponde en el amor cortés y en el mundo feudal, ante su amada-señora Dulcinea, y con honda tristeza expresa su amor-servicio: ¡Oh estremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que mi alma te adora.

Don Quijote ha cumplido con su acto de vasallaje y ha entrado en el servicio de Dulcinea de por vida, aunque le duele en el alma el encantamiento: «Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante, considerando la mala burla que le habían hecho los encantadores volviendo a su señora Dulcinea en la mala figura de la aldeana» (II, XI).

El servicio, cualquiera sea el galardón recibido, como nos recordó Bernard de Ventadorn, era de por vida. Así se explica el casi trágico final de las aventuras de don Quijote en la playa de Barcelona. Momentos antes de entrar en batalla con el Caballero de la Blanca Luna, don Quijote se encomendó «al cielo de todo corazón y a su Dulcinea, como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían» (II, LXIV).

El vasallo invoca la protección del señor, ya que le ha ofrecido su servicio hasta la muerte. Comienza la batalla con el resultado tan conocido como desastroso para don Quijote, quien cae derrotado en la playa barcelonesa. El Caballero de la Blanca Luna le pone la punta de la lanza en la visera y le conmina: -Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío.

  • Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo: -Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad.
  • Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra.

Bien podría haber hablado don Quijote desde dentro de una tumba, ya que la idea de servicio le ha llevado hasta más allá de la muerte. Esta es la variante a dimensiones heroicas del servicio de por vida. El heroísmo de la variante de don Quijote se fundamenta, además, en que ha quedado sin honra, y el propio Cervantes ya había dictaminado: «El hombre sin honra peor es que un muerto» (I, XXXIII).

Es de sobra evidente que el amor producía un cambio extraordinario en las relaciones entre hombre y mujer, caballero y dama; en consecuencia, el acto de enamorarse adquiría una importancia de dimensiones conmensurables con el cambio que el amor produciría de inmediato. «Me he entregado a vuestra merced, señora, de por vida y de por muerte», exclamará Sordello en su poema Dompna, meills q’om pot pensar,

Toda la vida del hombre dependía de si se enamoraba o no. El amor trovadoresco era, por lo general, a primera vista, cuando el caballero-poeta caía víctima de un flechazo que la literatura cortés heredó de la tradición clásica, directamente, con seguridad, de Ovidio.

Es el caso de Amadís de Gaula, mas no el de don Quijote, según se verá. El amor de don Quijote por Dulcinea tiene mucho de esto, como ya he insinuado: la imaginativa concepción de Dulcinea del Toboso es simultánea con el enamoramiento. Pero claro está que no puede intervenir el flechazo, dado que él nunca la vio, y como había poetizado Uc Brunec siglos antes: «El amor es un espíritu,

que dispara sus dulces flechas de los ojos a los ojos» ( Cortezamen mou en mon cor ). Por todo ello es que cuando imagina don Quijote las aventuras de un caballero andante recrea esta escena canónica: «le llevará por la mano al aposento de la señora reina, adonde el caballero la hallará con la infanta, su hija, que ha de ser una de las más fermosas y acabadas doncellas que en gran parte de lo descubierto de la tierra a duras penas se pueda hallar.

  • Sucederá tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el caballero, y él en los della, y cada uno parezca a otro cosa más divina que humana, y, sin saber cómo ni cómo no, han de quedar presos y enlazados en la intrincable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones» (I, XXI).
  • Mas la alquitara amoroso-poética podía producir la maravilla de enamorarse de oídas.

Este es el gran tema de la más bella, a mi gusto de todas las poesías trovadorescas, escrita por Jaufre Rudel, príncipe de Blaye. El tema surge porque se llega a imaginar que el destino puede llegar a implantar las facciones de la mujer amada desde la cuna, o bien que la fama de su belleza llega de oídas al poeta e inflama su corazón.

En la obra poética de Jaufre Rudel -bien escasa, por cierto: seis poesías- el tema del enamorarse de oídas, aunque enfrentado en sólo dos poemas, nos presenta de cuerpo entero una de las más destacadas personalidades literarias de la Edad Media. Sólo me referiré a una de ellas, para no abundar en lo evidente, pero el lector debería acudir a ambas para no negarse un delicado placer estético.

Jaufre Raudel canta su amor de lonh – amour lointain, amor de lejos, de oídas-, y esta misteriosa lejanía se traduce y se adentra en el lector -en los oyentes- por la obsesionante repetición de la fórmula de lonh a lo largo de las siete estrofas: «Cuando los días son largos en mayo, me gusta el dulce canto de pájaros, de lonh, y cuando parto de allí acuérdome de un amor de lonh,

Bien me parecerá alegría cuando le pida hospitalidad, de lonh, y si a ella le place, quedaré con ella, aunque sea de lonh,» La íntima resonancia que todavía tiene en la sensibilidad de cada uno de nosotros este enamorarse de oídas, de lonh, permitió que no mucho después de la muerte de Jaufre Rudel se escribiese, en provenzal, su anónima vida, que comienza así: «Jaufre Rudel de Blaye fue hombre de nobilísima sangre, príncipe de Blaye, y se enamoró de la condesa de Trípoli sin haberla visto en su vida, con motivo de las muchas cosas buenas que oyó contar a los peregrinos que de Antioquía veían.» Ya está en pie la leyenda, y ahora, después de sesudos estudios, podemos constatar que la vida no explica la poesía de Jaufre Rudel, sino que su poesía explica la vida.149 El amor de lonh de Jaufre Rudel -histórico en cuanto nos dejó precioso testimonio poético- explica a la perfección la característica más singular del amor de don Quijote de la Mancha por Dulcinea del Toboso, tan única que ni se halla en la vida de su modelo, Amadís de Gaula.

Don Quijote de la Mancha se proclama enamorado de Dulcinea sin haberla visto en su vida. Lo confiesa él mismo: -Tú me harás desesperar, Sancho -dijo don Quijote-. Ven acá, hereje: ¿no te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta? En este momento nos hallamos en posición adecuada a darle una nueva cala al problema de la muerte de don Quijote, de lo que algo ya queda dicho ( supra, capítulo IV).

Volvamos al tema desde el ángulo de visión que nos permiten estos asedios a la idea de amor cortés. El contexto ideológico de los siglos medievales en que nació y floreció dicho concepto imponía, entre otras muchas cosas, una comprensión de la fisiología humana no alejada de la que todavía prevalecía en época de don Quijote.

Esa fisiología -del amor cortés, de don Quijote, aunque no privativa a ninguno de los dos- nos retrotrae a la teoría de los humores, y quizá no sea ocioso que el lector repase nueva y brevemente el cuadro que inserté más arriba. El trovador Peire Vidal dijo con toda claridad: «La llama, el fuego y el resplandor del amor nacen en el corazón» ( Lai on cobra ).

El calor producido es de intensidad grandísima, que unido al calor natural que produce un temperamento colérico, como el de don Quijote, no puede por menos que producir un grave disturbio en el balance de los humores que llega a un desequilibrio total por falta de humedad y exceso de calor. Esto desemboca, en forma inevitable, en la locura, mas un agudo ataque de melancolía cambia abruptamente la temperatura de su cerebro, el hidalgo recupera el juicio, pero la melancolía es el humor más enemigo de la vida y el hidalgo manchego, ya autodefinido como Alonso Quijano el Bueno, tiene que morir.

Ahora bien, el propio amor, en su forma más aguda desembocaba en melancolía. La tendencia a llorar -Amadís era un héroe muy llorón, no lo olvidemos-, el amor a la soledad -patente en la penitencia en la Peña Pobre o en Sierra Morena-, eran síntomas de un ataque de melancolía.

Fell into a sadness, then into a fast,
thence to a watch, thence into a weakness,
thence to a lightness, and by this declension
into the madness wherein now he raves,
and all we mourn for.

La melancolía era inducida por el dolor de amar, y el dolor contraía el corazón. A medida que aumentaba la opresión del corazón se agravaba la languidez. El frío que caracterizaba a la melancolía se esparcía por todos los miembros y la muerte era inminente.

  1. La dureza de la persona amada podía provocar final tan trágico, y a comienzos del siglo XV todo esto se destiló en los hermosos versos de Alain Chartier en La belle dame sans merci,
  2. En el Quijote, y con festivo tono, Cervantes nos presenta el caso inverso, que podríamos llamar de le triste chevalier sans merci,
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Por guasa, Altisidora, dama de la duquesa, se finge enamorada de don Quijote, lo que provoca considerable alarma en el pecho del caballero andante al suponer atacada su fidelidad de fin aman, El rechazo del fiel amante se efectúa en forma lírica, en un romance que él canta por la noche y que termina así:

Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.
La firmeza en los amantes
es la parte más preciada,
por quien hace Amor milagros,
y asimesmo los levanta.

La firmeza de don Quijote, fin aman si los hubo, tuvo inesperadas consecuencias. En el triste regreso después de la derrota en Barcelona, don Quijote y Sancho son secuestrados por un grupo de hombres de a caballo que los llevan al castillo de los duques.

Y allí les espera una extraordinaria visión: En medio del patio se levantaba un túmulo como dos varas del suelo, cubierto todo con un grandísimo dosel de terciopelo negro, alrededor del cual, por sus gradas, ardían velas de cera blanca sobre más de cien candeleros de plata; encima del cual túmulo se mostraba un cuerpo muerto de una tan hermosa doncella que hacía parecer con su hermosura hermosa a la misma muerte.

¿Quién no se había de admirar con esto, añadiéndose a ello haber conocido don Quijote que el cuerpo muerto que estaba sobre el túmulo era el de la hermosa Altisidora? Pero aún falta lo más extraordinario. Un mancebo aparece de improviso junto al cadáver y canta:

En tanto que en sí vuelve Altisidora,
muerta por la crueldad de don Quijote,

Minos y Radamanto, jueces de los muertos, dictaminan que Altisidora resucitará si Sancho se somete a mamonas, pellizcos y alfilerazos. La reacción del escudero es la de esperar: «¡Voto a tal, así me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como volverme moro!» Pero «a la fuerza ahorcan»: Sancho se tiene que someter a todas estas indignidades, y Altisidora resucita.

Haciéndose desmayada, acusa a don Quijote de la Mancha: «Dios te lo perdone, desamorado caballero, pues por tu crueldad he estado en el otro mundo.» El turbado don Quijote se defiende un poco más tarde: -Muchas veces os he dicho, señora, que a mí me pesa de que hayáis colocado en mí vuestros pensamientos, pues de los míos antes pueden ser agradecidos que remediados; yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si los hubiera, me dedicaron para ella.

El regocijado tono de la aventura no nos debe hacer perder de vista el hecho fundamental de que todo el episodio está montado sobre lugares comunes del amor cortés. Si invertimos una vez más los papeles, podemos decir que Altisidora es a Grisóstomo lo que don Quijote es a Marcela, y en la base de la tragedia, o de su parodia, se halla el fin amor,

Con ese extraordinario arte que tanto alegra el corazón, Cervantes nos ha esperpentizado la belle dame sans merci, con el regocijadísimo resultado de que la belle dame sans merci es nada menos que don Quijote de la Mancha, el Caballero de la Triste Figura, y el caballero que muere por falta de favor- merci es nada menos que la bribona de Altisidora.

Si volvemos a las características del amor cortés, vemos que la presencia de la amada causaba una verdadera conmoción en el amante. Bernat de Ventadorn nos dice que «cuando la veo, de inmediato se hace evidente en mis ojos, en mi cara y en mi color» ( Non es meravilha ).

No es extraño que don Quijote, el último fin aman, y, desde este punto de vista, el último trovador, no es extraño, decía, que cuando ve a Dulcinea, por primera y única vez, la observa «con ojos desencajados y vista turbada» (II, X). Si sumamos a la presencia de la amada el hecho de que ella está encantada -o lo que sea que provocó la bellaquería de Sancho-, se explica fácilmente el parasismo que invade a don Quijote.

Desde luego que los efectos del amor en el fin aman calaban mucho más hondo. Folquet de Marseille explica que «muchas veces la gente me habla y no sé lo que dice; me saludan y no oigo nada» ( En chantan m’aven ). Después de haber visto a su amada Dulcinea -¡y encantada, nada menos!- el caballero andante se marcha como Folquet de Marseille: Pensativo además iba don Quijote por su camino adelante,

estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que, sin sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía a pacer la verde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento le volvió Sancho Panza, diciéndole. Evidentemente, el amor provocaba toda suerte de aflicciones y temores.

El capellán Andrés en prosa latina advertía ya a sus lectores que era difícil poder contar a ciencia cierta el número de temores que invadía el alma del amante ( Tractatus amoris, I, I). Y en verso francés asentía Chrétien de Troyes:

Amors sanz crieme et sans peor
est feus sanz flame et sanz chalor,
jorz sans soleil, bresche sanz miel,
estez sanz flor, iverz sanz giel.

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( Cligès, versos 3.893-96.)

Amor sin miedo y sin temor es como el fuego sin llama y sin calor, el día sin sol, la colmena sin miel, la primavera sin flor, el invierno sin hielo.» De la misma manera, don Quijote de la Mancha, al tropezarse inesperadamente con otro caballero andante, que pronto se identifica como el Caballero del Bosque o de los Espejos -y que no es otro que el socarrón del bachiller Carrasco-, es en esta ocasión que nuestro héroe confiesa: «En mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras» (II, XII).

Y cuando el Caballero del Bosque pregunta a don Quijote: «Por ventura, señor caballero., ¿sois enamorado?», el interpelado contesta sin vacilación: -Por desventura, lo soy -respondió don Quijote-; aunque los daños que nacen de los bien colocados pensamientos antes se deben tener por gracias que por desdichas.

Resuena todavía en las palabras de don Quijote el mismo pensamiento antitético que informa al amor cortés y que dictó las siguientes palabras de Non es meravilha, precioso poema de Bernart de Ventadorn y ya usado en estas mismas páginas: «El dolor es para mí placer, risa y alegría, porque al pensar en ella soy un lascivo y un glotón.» Mas, en general, en el amor la nota alegre predomina sobre las demás, ya que al fin y al cabo el arte de amar constituía un gai saber,

Por consiguiente, si leemos en su contexto y con todas las precauciones del caso las palabras que pronuncia don Quijote en su primera salida, veremos que éstas también nacen de la plenitud de su alegría, ya que él sale «con grandísimo contento y alborozo», y para su coleto habla de caballería andante, historiadores, encantamientos, hasta que llega al tema de su amor, cuando se ve obligado por una tradición de siglos a fingir tristeza, aunque acabamos de ver que estaba totalmente invadido por el contento y el alborozo: Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado: -¡Oh, princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura.

Plegaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece. Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje. La exaltación espiritual que provoca el amor la poetizó el duque de Aquitania, Guillermo IX, en Mout jauzens me prenc en amar, donde dijo, en parte: «Nunca el hombre ha podido comprender lo que es, en querer o desear, en el pensamiento o en la imaginación; tal alegría no puede ser igualada, y quienquiera desease alabarla en forma debida no podría desempeñar tal tarea, aun así tratase por todo un año.» Cuando don Quijote y Sancho van camino del Toboso, y el escudero comete la indiscreción de mencionar las bardas del corral donde pretende haber visto a Dulcinea, Don Quijote se indigna de que hable de bardas de corral en relación con los ricos y reales palacios de su amada, y continúa: «Con todo eso, vamos allá, Sancho -replicó don Quijote-; que como yo la vea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o verjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a mis ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo que quede único y sin igual en la discreción y valentía» (II, VIII).

Per lo cor dedins refrescar
e per la carn renovellar,
que no puesta envellezir.

La alegría de amar producía un redoblado impulso vital, queda visto, y llevaba a la virtud. El trovador Peire Rogier, en Tant ai mon cor, cantó: «Es la alegría de amar que nutrió mi infancia y juventud, y sin ella yo no sería nada. Y veo que todas las acciones del hombre le rebajan, degradan y desgracian, excepto el amor y su alegría,» El enamorado don Quijote de la Mancha centra toda su vida en la práctica asidua de la virtud, y con esta declaración cierra su elocuente respuesta al eclesiástico de los duques: Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes.

Bernartz, foudatz vos amena
car aissi vos partetz d’amor
per cui a om pretz e valor.

Bernardo, la locura os conduce, porque abandonáis el amor, por el cual se obtiene mérito y valor.» Pretz e valor, ¡el norte de la vida de don Quijote! El amor trovadoresco rarísima vez se vio coronado por el éxito, lo que describe muy bien la historia de la pasión amorosa de don Quijote de la Mancha por Dulcinea del Toboso.

Aunque en el caso de don Quijote, un nuevo Jaufre Rudel manchego, el premio era imposible, ya que jamás posó sus ojos en su amada. Podemos decir, guardadas todas las distancias, que el amor de don Quijote es el último y posible refinamiento del amor de lonh, La amada era un cúmulo de perfecciones y de la más alta prosapia.

En una hermosa canción dice Bernart de Ventadorn ( Amors, enquera-us preyara ):

Tan es fresch’ e bel’ e clara
qu’amors n’es vas me doptoza,
car sa beutatz alugora
bel jorn e clarzis noih negra.

Tan fresca, y bella, y clara es ella que mi amor es tímido en su presencia, porque su beldad ilumina el hermoso día y aclarece la negra noche.» Don Quijote, por su parte, también eleva a Dulcinea del Toboso a un plano de superlativos absolutos, lo que se hace muy evidente desde la aventura de los mercaderes toledanos.

A riesgo de su vida, el caballero andante detiene toda la comitiva, y en el medio del camino exclama: «Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso» (I, IV). La perfección de la dama es tal que el amante la llega a poner en un pináculo de toda inaccesibilidad, lo que provoca la tristeza y el insomnio que ya hemos visto como el estado casi natural del trovador, de Amadís o de don Quijote.

Así y todo, el amante no desesperaba de obtener en algún momento algún tipo de recompensa, que en el amor trovadoresco se llamó el guerredon, el galardón. Por desgracia, la naturaleza exacta del guerredon se mantenía velada, y podía oscilar desde una sonrisa hasta algún tipo de intimidad física.

¡Oh, quién de tus deseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero que hiciste venturoso
mirara alguna desigual pelea!

En otro soneto preliminar, éste de «el caballero del Febo a don Quijote de la Mancha», se insiste en la idea de recompensa: «Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro / por Dulcinea sois al mundo eterno.» A veces la sensualidad se abre paso entre los versos fuertemente idealistas del trovador, como en el siguiente caso de Guillermo IX, duque de Aquitania y conde de Poitou ( Ab la dolchor del temps novel ):

Enquer me membra d’un mati
que nos fezem de guerra fi,
e que-m donet un don tan gran,
sa drudari’ e son anel:
enquer me lais Dieus viure tan
c’aja mas manz soz so mantel!

Todavía recuerdo una mañana en que hicimos fin a la guerra y ella me dio un don tan grande, su amor y su anillo; ojalá Dios me deje vivir tanto que pueda tener otra vez mis manos bajo su manto.» Episodio de análoga sensualidad nos brinda la vida de don Quijote de la Mancha, aunque, claro está, no tiene nada que ver con Dulcinea del Toboso.

Nuestro caballero andante ha llegado a la venta de Juan Palomeque el Zurdo, en su primera visita, bien apaleado por unos desalmados yangüeses y yace en «duro, estrecho, apocado y fementido lecho». Cerca de él yace un arriero, que ha hecho para esa noche cita amorosa con la criada de la venta, Maritornes la asturiana.

Don Quijote está en imaginativa vela: Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora -que para él fue menguada- de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban, en busca del harriero.

Pero, apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió, y, sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recibir a su fermosa doncella. La asturiana, que, toda recogida y callando, iba con las manos delante, buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca, y tirándola hacia sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama.

Tentole luego la camisa, y aunque ella era de harpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio; pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol escurecía.

Y el aliento, que, sin duda alguna, olía a ensalada fiambre trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos que aquí van puestos.

El código del amor cortés imponía al amante timidez con respecto a la amada. Ya hemos visto la doptansa de que cantaba Bernart de Ventadorn ( supra ), y doptansa era, precisamente, la timidez. Esta llegaba a tal punto que, por lo regular, el contacto con la amada se reducía a lo musical.

Como escribió Arnaut de Marueill a su amada en el Breviari d’amor : «Me muero por ti, y no me atrevo a rogarte más que en mis canciones.» Pero en esas canciones nunca encontraremos el nombre de la amada, porque la convención del amor trovadoresco imponía, asimismo, el secreto: Secretum meum mihi, como decía el lema de Gérard de Saint-Amand en su sello.

Arnaut Daniel le dio formulación poética en Anc ieu non l’aie : «No me atrevo a decir quién me inflama.» Y Peire Rogier llevó esto a un punto de perfección que nos coloca muy cerca de don Quijote. En su canción Per far esbaudir dice: «Ni yo ni nadie se lo ha dicho, ni sabe ella de mi deseo, pero la amo en secreto tanto como si me hubiese hecho su amante.» Don Quijote conoce muy bien la consigna de secreto que llevaba el amor cortés.

  • Por eso le dice a Sancho, cuando cree estar a punto de salir en ayuda y socorro de la princesa Micomicona: -Dígote, Sancho -dijo don Quijote-, que estás en lo cierto, y que habré de tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a Dulcinea.
  • Y avísote que no digas nada a nadie ni a los que con nosotros vienen, de lo que aquí hemos departido y tratado; que pues Dulcinea es tan recatada, que no quiere que se sepan sus pensamientos, no será bien que yo, ni otro por mí, los descubra.

Sancho Panza, como rústico y palurdo que era, no puede ni conocer las imposiciones del amor cortés, ya que éste sólo florecía en los más elevados espíritus de la nobleza, ya fuese de sangre o del intelecto. Por eso se atreve a preguntar: -Pues si eso es así -dijo Sancho-, ¿cómo hace vuestra merced que todos los que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi señora Dulcinea, siendo esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y siendo forzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante su presencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle la obediencia, ¿cómo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos? Don Quijote casi revienta de la rabia, y en rudos términos vuelve a insinuar a su escudero la idea trovadoresca de servicio : -¡Oh, qué necio y qué simple que eres! -dijo don Quijote-.

Amors mi saup plan a sos ops chausir
qu-m trames joi al cor, per a’ieu sui gais,
e saup c’amor sabria e gauzir
e gen parlar don midonz valgues mais.

Bien supo Amor escogerme a su provecho cuando me envió gozo al corazón, por lo que soy feliz, y conoció que yo sabría amar, gozar y hablar gentilmente para que mi dama valiese más.» Dada la consigna de silencio y secreto, el trovador no se podía atrever a nombrar en forma identificable a la dama de sus pensamientos.

Surgió entonces la necesidad de usar la senhal o seudónimo poético, con el cual referirse a su amada, y que, como norma, resultaba totalmente incomprensible para los contemporáneos, y así sigue en la actualidad. Semhals, como Bon Vezi -Buen vecino- o Mielhs que Domna -Más que señora-, echan siete llaves a la identidad de la amada.

Uno de los más hermosos ejemplos poéticos que conozco se encierra en una pequeña joya lírica de Bernart de Ventadorn, Tant ai mo cor ple de joya, donde la exultación lírica llega, casi, al ahincado deseo de velar el nombre de la amada: « Bona domna jauzionda, / mor se-l vostr’ amaire », «Hermosa señora, plena de gozo, / se muere vuestro amante».

  • Ni in articulo mortis se podía permitir el amante divulgar el nombre de su amada, aun así se tratase de in articulo mortis poeticae,
  • El mismo Bernart de Ventadorn usó también la senhal de Bel Vezer -Hermoso Semblante ( Be m’an perdut lai enves Ventadorn ).
  • Desde este ángulo de visión creo yo que adquiere nuevas dimensiones y resplandores el nombre Dulcinea del Toboso, «músico y peregrino y significativo».

Porque el nombre de Dulcinea del Toboso -y ahora dejo de lado la profunda explicación filológica de Rafael Lapesa, que mencioné al principio de este capítulo-, el nombre de Dulcinea es la senhal que inventa don Quijote de la Mancha para una aldeana llamada Aldonza Lorenzo.

Esta senhal es tan impenetrable para los amigos de don Quijote como lo fue cualquier otra de la lírica trovadoresca. Y esto se hace de toda evidencia en la Sierra Morena, cuando don Quijote, a punto de enviar a Sancho Panza con carta para Dulcinea, se ve obligado a revelar su verdadera identidad, guardada con tanto celo hasta el momento por música y peregrina senhal,

Dulcinea del Toboso era, en la vida real, Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales: -¡Ta, ta! -dijo Sancho-. ¿Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo? El éxito con que la senhal de Dulcinea recató su identidad hasta para el íntimo Sancho Panza lo revela el asombro con que se expresa el escudero al averiguar la identidad vital entre Aldonza Lorenzo y Dulcinea del Toboso.

Y me he referido al nombre de Dulcinea como senhal en forma deliberada porque tal artificio no se encuentra en la literatura caballeresca: Oriana es siempre Oriana ( Amadís de Gaula ), o bien Carmesina es Carmesina ( Tirant lo Blanc ), y nunca hay pretexto ni intención de velar sus identidades para recatarlas al escrutinio público.

Bien es cierto que entre la poesía trovadoresca y la vida literaria de don Quijote se interpone la inmensa mole de la poesía petrarquista con su multiplicación de nombres poéticos para la amada -la Elisa de Garcilaso me basta y sobra como botón de muestra-, pero me ha parecido provechoso indicar la común tierra en que ambas tradiciones echan sus raíces.

  1. Y no es menos evidente que don Quijote mismo alude a la avalancha de lírica amorosa petrarquista, en el sentido que me interesa en la ocasión, cuando se refiere a «todos los poetas que alaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen» (I, XXV).
  2. La forma en que don Quijote se refiere de continuo a Dulcinea como señora, y antes que él el trovador se dirigía a la amada como midons, es altamente significativa.150 Porque esto implica que el amante -trovadoresco o quijotesco- no quiere, ni pretende, poseer a la amada, sino, al contrario, ser poseído por ella.

Se sirve al señor, pero, en consecuencia, la primera recompensa de este servicio de amor es la salutación por parte de la amada, que implica un reconocimiento de tipo muy especial. Bernart de Ventadorn se queda alelado cuando le saluda su amada:

Autz es lo pretz qu’es cossentitz,
car sol me denhet saludar.

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( Can lo boschatges es floritz,)

Alto es el honor que se me consiente, porque se originó saludarme a solas.» La importancia del saludo de Beatrice se remonta a alturas metafísicas para el enamorado Dante Alighieri: Digo que cuando ella aparecía dondequiera que fuese, ante la esperanza del admirable saludo, no me quedaba ya enemigo alguno; antes bien, nacíame una llama de caridad que me hacía perdonar a quien me hubiese ofendido; y si alguien entonces me hubiera preguntado cosa alguna, mi respuesta habría sido solamente Amor, con el rostro lleno de humildad.

Y cuando ella estaba ya a punto de saludarme, un espíritu de Amor, destruyendo todos los demás espíritus sensitivos, empujaba a los míseros espíritus de la vista, y les decía: «Id a honrar a vuestra señora»; y él se quedaba en su lugar. Y quien hubiere querido conocer a Amor, podía hacerlo mirando el temblor de mis ojos.

Y cuando aquella nobilísima salud me saludaba, no porque Amor fuese de tal manera embriagador que pudiese ensombrecer mi irresistible ventura, sino casi por exceso de dulcedumbre, me transformaba, de suerte que mi cuerpo, entonces completamente bajo su señorío, quedaba muchas veces como cosa grávida e inanimada.

Así pues, aparece manifiesto que en sus saludos residía mi ventura, la cual muchas veces sobrepujaba y excedía mis fuerzas. Por desgracia para don Quijote, él nunca tuvo la oportunidad de ver a su amada ni de cerca ni de lejos, y así nunca recibió el sumo gozo de ser saludado por Dulcinea del Toboso.

Pero él creyó, sin la menor duda, que Sancho Panza había sido fiel mensajero, y había llevado su carta a la presencia de la Emperatriz de la Mancha. Ya que el saludo de su amada Dulcinea le había sido negado por sus circunstancias vitales, don Quijote transfiere la importancia metafísica que el saludo había tenido para Bernart de Ventadorn o para Dante Alighieri, a la respuesta de la amada a su carta: Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi señora Dulcinea; y si fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y si fuere al contrario, seré loco de veras, y, siéndolo, no sentiré nada.

  • Con análogos razonamientos se explica el bombardeo de preguntas con que don Quijote recibe a Sancho, en el momento en que él considera que su escudero ha regresado de su misión al Toboso.
  • Ya que Sancho no trae respuesta escrita a la misiva de amor, las reacciones de Dulcinea del Toboso serán el equivalente, para nuestro desdichado caballero, del saludo de Beatrice a Dante: «¿Dónde, cómo y cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te respondió? ¿Qué rostro hizo cuando leía mi carta? ¿Quién te la trasladó?» (I, XXX).

Desde luego que el fin aman debía tener la paciencia de un santo, ya que la aceptación de su servicio de amor no tenía plazo fijo, ni tampoco existía la posibilidad de que fuese aceptado. El trovador Rigaut de Barbezieux, en Pauc sap d’amor, se cura en salud: «Poco sabe de amor el que no espera gracia, porque el amor quiere que suframos y esperemos.» La paciencia, desde luego, es una virtud poco caballeresca, pero que se infiltró en las convenciones de la caballería andante a través del amor cortés.

Por eso es que don Quijote de la Mancha afirma a la faz del mundo: «De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, libe, biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente,» (I, L). Por todo lo antecedente se puede bien suponer que el fin aman, el verdadero amante cortés, tenía que tener alguna virtud especial para mantenerse al socaire de tantas embestidas de enemigos tan poderosos como los que puede suponer cualquiera.

Esa virtud, el verdadero fin aman, la tenía, ¡por suerte!, y se llamaba mezura, voz que hace siglos entró en nuestro idioma con sentido análogo y con la grafía un poco alterada de mesura, Bien es cierto que el sentido de la palabra está ahora bastante alterado respecto a lo que significa en provenzal y en el vocabulario del amor cortés, pero no pienso meterme en ello.

De Cortesia-is pot vanar
qui ben sap Mesur’ esguardar.

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( Cortesamen vuoill comenssar,)

Uno se puede envanecer de Cortesía, si sabe guardar la Mesura.» No nos puede caber la menor duda de que don Quijote de la Mancha, ejemplar fin aman que él es, estará bien provisto de mezura ; casi todos los adjetivos que copié un poquitín más arriba, y que remataban con ese anticaballeresco paciente, casi todos ellos apuntan al sentido que los viejos trovadores daban a la voz mezura,

  1. Y bien vale la pena señalar que en uno de los primeros discursos públicos de don Quijote de la Mancha, en esa fabla que nunca se fabló, al encontrar con esas dos mozas del partido, les dice: «Bien parece la mesura de las fermosas» (I, II).
  2. Cavilemos: recién declarado caballero andante -ya que no armado, todavía-, y, por consiguiente, y per definitionem, caballero enamorado, al ver una mujer -dos mujeres- uno de los primeros términos que sube a los labios de don Quijote de la Mancha es el de mezura,

Y es esta virtud, inventada por los trovadores del amor cortés, la que le lleva a autodefinirse en los términos tan extraordinarios que acabo de copiar hace un par de párrafos. Pero bien vale la pena subrayar que estas numerosas virtudes adjetivadas no le son propias a don Quijote de la Mancha a nativitate, sino sólo « después que soy caballero andante», vale decir, dentro del cuadrante lexicográfico de la época, «después que estoy enamorado».

  • Ahora bien, si el amor, el fin amor, se entiende, desembocaba en mezura, esa virtud no teologal ni cardinal, pero en la que radicaban todas las demás, si ése era el caso, entonces el amor era fuente de toda virtud y de toda bondad.
  • Así lo aseveró N’At de Monss en sus versos: «Los verdaderos amantes saben que por el amor los soberbios son humillados, y los humildes enaltecidos, y los perezosos se adiestran, y los simples adquieren sabiduría.» Los trovadores de la escuela del amor cortés descubrieron, ni más ni menos, que el amor posee una virtud genética que confiere la nobleza.

Esta fuerza ennoblecedora del amor todavía está con nosotros, aunque mermada y venida a menos por la cambiante ideología de tantos siglos, pero no nos puede caber la menor duda que creía en ella a machamartillo don Quijote de la Mancha, ya que sin tal tipo de creencia su quijotización no sólo no hubiese podido ocurrir, sino que sería de todo punto inverosímil.

  1. Claro está que una vez que se ha llegado a este punto en la cerebración del amor, conceptualizado ya del todo, la idea se refina y espiritualiza a todo galope.
  2. A tal punto que un trovador que no quiso remontarse a tales entelequias -y me refiero a Peire Guillem de Tolosa- le escribió a su colega italiano Sordello, en la tenson que comienza En Sordel, que vos es semblan : «Señor Sordel, nunca se ha visto amante de vuestra color, porque otros amantes desean besos y abrazos, mientras que vos decís que no apreciáis lo que otros desean.» Evidentemente, Sordello había abrazado una suerte de amor conceptualizado en su totalidad, al menos en su vida poética, ya que lo poco que se sabe de su vida personal no apoya tal afirmación.

La menor familiaridad con el Quijote nos debe haber barbotar que nuestro héroe era otro Sordello, o como él se quiso autodefinir, un «enamorado platónico continente». Para la misma época en que don Quijote se preparaba a efectuar su primera salida, se representaba en Londres una de las más extraordinarias tragedias de William Shakespeare: The Tragedy of Othello, The Moor of Venice, 1604.

IAGO
What,
To kiss in private?

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IAGO
Or to be naked with her friend in bed
An hour or more, not meaning any harm?

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OTHELLO
Naked in bed, Iago, and not mean harm!
It is hypocrisy against the devil:
They that mean virtuously and yet do so,
The devil their virtue tempts, and they tempt heaven.

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Iago, el traidor y villano, se expresa como el arquetipo del fin aman, e insinúa, de dientes para afuera, al menos, que la moderación de la mezura mantendrá intacto el código del fin amor, Pero el moro Othello, ignorante de las convenciones del amor trovadoresco, concibe que el fin amor no es ni más ni menos que una «hipocresía».

  1. La perfecta contemporaneidad entre don Quijote y Othello es ejemplar, porque nos hace ver con los ojos casi el crepúsculo de la vigencia paneuropea del concepto de amor cortés.
  2. La entrega vital a la idea de amor cortés es propia de un loco como don Quijote, o bien el concepto es usado con fines maquiavélicos por malvados como Iago, o bien es negado en redondo por un militar a quien le hierve la sangre en las venas como es Othello.

Empieza la larga retirada del amor cortés, pero que el concepto no está muerto, ni mucho menos, lo ejemplifica a maravilla la extraordinaria poesía amorosa de don Francisco de Quevedo y Villegas. Con motivos y fines muy distintos, Federico García Lorca poetizó una imagen admirable, que en esta ocasión la quiero aplicar a este atardecer de la idea de amor cortés:

El día se va despacio,
la tarde colgada a un hombro,
dando una larga torera
sobre el mar y los arroyos.

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( Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla,)

Las últimas reflexiones que cerrarán este capítulo deben ser enfocadas desde la perspectiva de don Quijote de la Mancha, ya que me han sido provocadas por un largo meditar sobre el sentido de su forma de vida. Comienzo con una cita de un trovador que llevó el trobar clus a cimas inalcanzadas. Me refiero a Arnaut Daniel, poeta de tan extraordinaria maestría que Dante le aludió en estos versos:

Fu miglior fabbro del parlar materno.
Versi d’amore e prose de romanzi
soverchiò tutti.

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( Purgatorio, XXVI, 117-19.)

En una canción digna de figurar en antologías ( En breu brisara ), Arnaut Daniel dijo en forma taxativa: «El amor es la llave del mérito.» En su época, y por varios siglos más, nadie se hubiese atrevido a desmentir a Arnaut Daniel, y mucho menos que nadie don Quijote de la Mancha.

Si el amor abría las puertas del mérito se explica fácilmente que todos los caballeros andantes de la literatura y de la historia sintiesen la necesidad vital de estar enamorados. Ya he hablado lo suficiente de Amadís de Gaula y su amor instantáneo por Oriana. Ahora cabe recordar los muy históricos caballeros de la Orden de la Banda del rey Alfonso XI de Castilla, que por reglamento tenían que «servir alguna dama» -y no olvidemos el especial significado que la voz servicio tenía en el vocabulario del amor cortés-, y la misma regla les exigía a estos caballeros que debían hacer su mesura a las damas, con el particular sentido que mezura tenía, y que vengo de discutir ( vide supra ).

Y un siglo más tarde ocurrió en la misma Castilla el sonadísimo Paso Honroso de Suero de Quiñones, que don Quijote conocía muy bien (I, XLIX). En el año de 1434 el caballero Suero de Quiñones y otros nueve nobles amigos se apersonaron al rey Juan II de Castilla, y a través del faraute Avanguarda le presentaron la siguiente petición por escrito: Deseo justo e razonable es, los que en prisiones, o fuera de su libre poder son, desear libertad; e como yo, vasallo e natural vuestro, sea en prisión de una señora de gran tiempo acá, señal de la cual todos los jueves traigo a mi cuello este fierro, según notorio sea en vuestra magnífica corte e reynos, e fuera dellos por los farautes que la semejante prisión con mis armas han llevado.

Agora, pues, poderoso Señor, en nombre del Apóstol Sanctiago yo he concertado mi rescate, el quel es trescientas lanzas rompidas por el asta, con fierros de Milán, de mí e destos caballeros que aquí son en estos arneses.151 Es evidente que Suero de Quiñones y sus compañeros son movidos por los ideales del amor cortés.

Por todo un mes -quince días antes del Apóstol Santiago, y quince después- romperán lanzas con 68 caballeros en el puente del camino a Santiago sobre el río Orbigo, y todo esto con fin de ganar mérito, la pretz de los trovadores. Y para que no quepa el menor resquicio de duda en la fuerza motriz del amor cortés en toda aventura caballeresca, el capítulo VII de la empresa de Suero de Quiñones leía así: El séptimo es que por mí serán nombradas tres señoras deste reino a los farautes que allí conmigo serán para dar fe de lo que pasare, e aseguro que non será nombrada la señora cuyo yo soy, salvo por sus grandes virtudes.

Secretum meum mihi, Y ahora no puede caber adarme de duda que Suero de Quiñones aprobó vigorosamente esta declaración con toda la fuerza de su brazo y riesgo de su persona, rompiendo lanzas en el puente de Orbigo. Las consecuencias de este tipo de actitud por parte del caballero medieval son muy serias para las vidas afectadas, porque la clara implicación es que el amor cortés se ha convertido en un fin en sí mismo, sin virtud redentora alguna para la ortodoxia cristiana.

Y con esto creo que se acaba de explicar esa afirmación de don Quijote de la Mancha, bastante sorprendente a primera vista: «Yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean» (II, XXXII). La actitud de Suero de Quiñones y sus compañeros, de amigos y de enemigos, de caballeros mantenedores y aventureros, no puede dejar duda alguna de que el servicio de amor era total, de absoluta integridad vital, aun a riesgo de perder esa misma vida.

Non es mervalh s’eu chan
melhs de nul autre chantador,
que plus me tra-l cors vas amor
e melhs sui faihz a so coman.
Cor e cors e saber e sen
e fors’ e poder i ai mes.

No es maravilla que yo cante mejor que ningún otro cantador, porque mi corazón me atrae más hacia el amor y soy mejor hecho a sus órdenes. En él he puesto mi corazón y mi cuerpo, y mi saber y mi sentido, y mi fuerza y mi poder».152 ¡Cómo le hubiese gustado a don Quijote hacer suyas las palabras de Bernart de Ventadorn de haberlas llegado a conocer, caso imposible, por lo demás! Pero en su vida don Quijote encarnó el mismo tipo de actitud poética y vital que nos acaba de ejemplificar Bernart de Ventadorn.

Repase el lector en su memoria tantos y tantos episodios y discursos en que don Quijote deja amplio y férreo testimonio de lo que queda dicho. Yo ya no tengo tiempo más que para aludir al desastrado episodio con que se cierra la primera parte de las aventuras de nuestro caballero andante. Al ver a una procesión de disciplinantes que llevaban sobre una peana una imagen de la Virgen María, don Quijote cree haber caído sobre una turba de malandrines que llevan raptada a una hermosa señora.

Ataca con su denuedo de siempre, mas uno de los disciplinantes «dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado» (I, LII).

  • Al volver de su desmayo, nuestro caballero andante declara de inmediato y en voz alta su dedicación plena y vital a su amor por Dulcinea; es lo primero que hace al abrir ojos y boca: «El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que éstas está sujeto» ( ibidem ).
  • Mas esto no puede extrañar a ningún lector, porque mucho antes don Quijote ya había definido a la señora de sus pensamientos, a Dulcinea, como «día de mi noche, gloria de mi pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura» (I, XXV).

Allá en 1926 un alavés llamado Ramiro de Maeztu publicó un libro que no dejó de levantar polvareda, que creo ya haber mencionado, y que él tituló Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Ensayos en simpatía, El ensayo dedicado a nuestro héroe lo tituló «Don Quijote o el amor», y con estas palabras escribió una verdad como un templo.

  1. Porque don Quijote de la Mancha -no Alonso Quijano, o como se llamase-, la vida de don Quijote y sus ensueños rezuman y cifran su amor, el amor por Dulcinea del Toboso.
  2. Al enfrentarse con el Amor, en esta mesa de juegos que es la vida, hay que jugar todo a una carta, a sabiendas de que esa carta no ganará jamás.

Esto ya no es impavidez; es heroísmo puro y simple, como nos demuestra don Quijote con cada latir de su corazón, con cada minuto de su vida. Mas ¿puede caber sorpresa cuando trescientos años antes había escrito Dante Alighieri:

L’Amor che move il sole e l’altre stelle?

¿Que le prometió el Quijote a Sancho Panza?

Don Quijote le promete a Sancho una ínsula, lo que persuade a Sancho a acompañar y servir al caballero andante.

¿Cómo las cosas humanas no sean eternas?

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha quijote126 Captulo LXXIV, De cmo don Quijote cay malo, y del testamento que hizo, y su muerte Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinacin de sus principios hasta llegar a su ltimo fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, lleg su fin y acabamiento cuando l menos lo pensaba; porque, o ya fuese de la melancola que le causaba el verse vencido, o ya por la disposicin del cielo, que as lo ordenaba, se le arraig una calentura que le tuvo seis das en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos, sin quitrsele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.

Stos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le tena de aquella suerte, por todas las vas posibles procuraban alegrarle, dicindole el bachiller que se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tena ya compuesta una cloga, que mal ao para cuantas Sanazaro haba compuesto, y que ya tena comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado: el uno llamado Barcino, y el otro Butrn, que se los haba vendido un ganadero del Quintanar.

Pero no por esto dejaba don Quijote sus tristezas. Llamaron sus amigos al mdico, tomle el pulso, y no le content mucho, y dijo que, por s o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corra peligro. Oylo don Quijote con nimo sosegado, pero no lo oyeron as su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante.

  • Fue el parecer del mdico que melancolas y desabrimientos le acababan.
  • Rog don Quijote que le dejasen solo, porque quera dormir un poco.
  • Hicironlo as y durmi de un tirn, como dicen, ms de seis horas; tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se haba de quedar en el sueo.
  • Despert al cabo del tiempo dicho, y, dando una gran voz, dijo: –Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen lmite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres.

Estuvo atenta la sobrina a las razones del to, y parecironle ms concertadas que l sola decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, y preguntle: –Qu es lo que vuestra merced dice, seor? Tenemos algo de nuevo? Qu misericordias son stas, o qu pecados de los hombres? –Las misericordias –respondi don Quijote–, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados.

Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre l me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballeras. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengao ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma.

Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querra hacerla de tal modo, que diese a entender que no haba sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querra confirmar esta verdad en mi muerte. Llmame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, al bachiller Sansn Carrasco y a maese Nicols, el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento.

Pero de este trabajo se escus la sobrina con la entada de los tres. Apenas los vio don Quijote, cuando dijo: –Dadme albricias, buenos seores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno, Ya soy enemigo de Amads de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante caballera, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas ledo, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.

Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva locura le haba tomado. Y Sansn le dijo: –Ahora, seor don Quijote, que tenemos nueva que est desencantada la seora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos prncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitao? Calle, por su vida, vuelva en s, y djese de cuentos.

  • Mirronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las seales por donde conjeturaron se mora fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas razones aadi otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.
  • Hizo salir la gente el cura, y quedse solo con l, y confesle.
  • El bachiller fue por el escribano, y de all a poco volvi con l y con Sancho Panza; el cual Sancho, que ya saba por nuevas del bachiller en qu estado estaba su seor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenz a hacer pucheros y a derramar lgrimas. Acabse la confesin, y sali el cura, diciendo:
  • –Verdaderamente se muere, y verdaderamente est cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.
  • Estas nuevas dieron un terrible empujn a los ojos preados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las lgrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque, verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condicin y de agradable trato, y por esto no slo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocan.
  • Entr el escribano con los dems, y, despus de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:
  • –tem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre l y m ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos, ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, despus de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que ser bien poco, y buen provecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la nsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condicin y fidelidad de su trato lo merece.
  • Y, volvindose a Sancho, le dijo:
  • –Perdname, amigo, de la ocasin que te he dado de parecer loco como yo, hacindote caer en el error en que yo he cado, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

–Ay! –respondi Sancho, llorando–: no se muera vuestra merced, seor mo, sino tome mi consejo y viva muchos aos, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin ms ni ms, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancola.

  1. Mire no sea perezoso, sino levntese desa cama, y vmonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quiz tras de alguna mata hallaremos a la seora doa Dulcinea desencantada, que no haya ms que ver.
  2. Si es que se muere de pesar de verse vencido, cheme a m la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto ms, que vuestra merced habr visto en sus libros de caballeras ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor maana.

–As es –dijo Sansn–, y el buen Sancho Panza est muy en la verdad destos casos. –Seores –dijo don Quijote–, vmonos poco a poco, pues ya en los nidos de antao no hay pjaros hogao: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.

  • Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimacin que de m se tena, y prosiga adelante el seor escribano.
  • Tem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi sobrina, que est presente, habiendo sacado primero de lo ms bien parado della lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfacin que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha servido, y ms veinte ducados para un vestido.

Dejo por mis albaceas al seor cura y al seor bachiller Sansn Carrasco, que estn presentes. tem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho informacin que no sabe qu cosas sean libros de caballeras; y, en caso que se averiguare que lo sabe, y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con l, y se casare, pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pas a su voluntad.

tem, suplico a los dichos seores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ah con el ttulo de Segunda parte de las hazaas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasin que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Cerr con esto el testamento, y, tomndole un desmayo, se tendi de largo a largo en la cama. Alborotronse todos y acudieron a su remedio, y en tres das que vivi despus deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, coma la sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razn que deje el muerto.

  1. Viendo lo cual el cura, pidi al escribano le diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado comnmente don Quijote de la Mancha, haba pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio peda para quitar la ocasin de algn otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazaas.
  2. Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre s por ahijrsele y tenrsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.
  3. Djanse de poner aqu los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansn Carrasco le puso ste:
  4. Yace aqu el Hidalgo fuerte
  5. que a tanto estremo lleg
  6. de valiente, que se advierte
  7. que la muerte no triunf
  8. de su vida con su muerte.
  9. Tuvo a todo el mundo en poco;
  10. fue el espantajo y el coco
  11. del mundo, en tal coyuntura,
  12. que acredit su ventura
  13. morir cuerdo y vivir loco.
  14. Y el prudentsimo Cide Hamete dijo a su pluma:
  15. –Aqu quedars, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni s si bien cortada o mal tajada pola ma, adonde vivirs luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres:
  16. ‘‘Tate, tate, folloncicos!
  17. De ninguno sea tocada;
  18. porque esta impresa, buen rey,
  19. para m estaba guardada.

Para m sola naci don Quijote, y yo para l; l supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevi, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliada las hazaas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirs, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, hacindole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que, para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que l hizo, tan a gusto y beneplcito de las gentes a cuya noticia llegaron, as en stos como en los estraos reinos”.

Y con esto cumplirs con tu cristiana profesin, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedar satisfecho y ufano de haber sido el primero que goz el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballeras, que, por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna.

Vale, Fin Universidad de Alcal 1997 : El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha quijote126

¿Cuál es el nombre del burro de Sancho Panza?

Don Quijote vivía en La Mancha. Su caballo se llamaba Rocinante y el burro de Sancho Panza se llamaba Rucio. A Don Quijote le gustaba una señora que él no conocía y como no sabía su nombre le fue por la cabeza el nombre de Dulcinea del Toboso.

¿Cuáles fueron las últimas palabras de don Quijote de la Mancha?

Y, volviéndose a Sancho, le dijo: —Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. —¡Ay! —respondió Sancho llorando—. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.

  • Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver.
  • Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron 27 ; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

—Así es —dijo Sansón—, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos casos. —Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño 28, Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno.

  • Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano.
  • »Iten, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada 29, a Antonia Quijana mi sobrina 30, que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien parado della 31 lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfación que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido.

Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco, que están presentes. »Iten, es mi voluntad que si Antonia Quijana mi sobrina quisiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosas sean IX libros de caballerías; y en caso que se averiguare que lo sabe y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él y se casare, pierda todo lo que le he mandado 32, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad.

»Iten, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha 33, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama 34, Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada X, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto 35,

En fin, llegó el último de don Quijote 36, después de recebidos todos los sacramentos 37 y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente 38 y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió 39,

Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por XI testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente «don Quijote de la Mancha», había pasado desta presente vida y muerto naturalmente 40 ; y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún XII otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente y hiciese inacabables historias de sus hazañas.

  • Este fin tuvo el ingenioso hidalgo de la Mancha 41, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero 42,
  • Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura 43, aunque Sansón Carrasco le puso este: XIII Yace aquí el hidalgo fuerte que a tanto estremo llegó de valiente, que se advierte que la muerte no triunfó de su vida con su muerte 44,

Tuvo a todo el mundo en poco, fue el espantajo y el coco del mundo, en tal coyuntura, que acreditó su ventura morir cuerdo y vivir loco 45, Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí quedarás XIV colgada desta espetera y deste hilo de alambre 46, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía 47, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte.

  1. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres: —¡Tate, tate, folloncicos! De ninguno sea tocada, porque esta empresa XV, buen rey, para mí estaba guardada 48,
  2. Para mí sola nació don Quijote, y yo para él 49 : él supo obrar y yo escribir, solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada XVI, 50 las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio 51 ; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja 52, haciéndole salir de la fuesa 53 donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo 54 tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los estraños reinos 55,

Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó XVII el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías 56, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna».

(27) Véase II, 66, 1168, n.8. volver (28) ‘ya se acabaron las ilusiones, han cambiado las circunstancias’; refrán. Véase II, 15, 748, n.7. º volver (29) ‘lego mi hacienda totalmente, sin enumerar uno por uno los bienes y sin dar cuenta a nadie’. º volver (30) Hija de una hermana de DQ, No era raro en la época que algún hijo adoptase el apellido de la madre o del abuelo, ni que un apellido tomara terminación femenina o masculina, según quien lo llevara. º volver (31) ‘de lo que sea más fácil de disponer’; parar : ‘prevenir’, ‘preparar’. volver (32) ‘lo que le he legado’, ‘lo que le he dejado en las mandas ‘. volver (33) El título exacto del libro de Alonso Fernández de Avellaneda es Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida, y es la quinta parte de sus aventuras, º volver (34) de largo a largo : ‘cuan largo era’, ‘a todo lo largo’. volver (35) Que la alegría de la herencia es templanza del dolor es lugar común tradicional y muy antiguo. º volver (36) ‘el último fin’, se entiende; es zeugma. volver (37) Los que preparan para la buena muerte: confesión, eucaristía y extremaunción. º volver (38) Se ha recordado que en su lecho también murió Tirant lo Blanc; véase I, 6, 83. º volver (39) En la definición de muerte que se hace en la época como separación de cuerpo y alma, el espíritu se entrega a Dios, la muerte queda en el cuerpo. Este es, posiblemente, el sentido del doblete semántico de C. º volver (40) ‘de muerte natural, por enfermedad’, en oposición a la muerte violenta. º volver (41) Es la única vez en que se le aplica a DQ el epíteto ingenioso dentro de la narración y no en los epígrafes, como en la Primera parte, por lo que es posible que C. se refiera, dialógicamente, al libro y al personaje. Véanse las notas a los títulos de I y II. º volver (42) La disputa de las siete ciudades griegas por ser patria de Homero es tradicional, como lo es su manifestación literaria. La frase recuerda y complementa la primera del libro (I, 1, 35, n.3). º volver (43) Recuérdese que la Primera parte se cerraba con los epitafios de los académicos de la Argamasilla. volver (44) de : ‘sobre’. volver (45) La copla, abruptamente, rompe con la solemnidad de la serena muerte de DQ, º volver (46) espetera La cocina, vasijas y recipientes : ‘soporte del que se cuelga el espeto o asador y otros utensilios de cocina’; espeto es también nombre despectivo para la espada. º volver (47) ‘mal cortada pluma mía’; a la péñola ‘pluma de ave’ tenía que afilársele la punta cuando se le gastaba por el uso; si no estaba bien cortada, hacía trazos irregulares y echaba borrones. º volver (48) Los dos últimos versos son adecuación de los de un romance del cerco de Granada (véase I, 43, 509, n.55, y II, 22, 814, n.43). Tate : ‘cuidado’, ‘poco a poco’, exclamación; tocar la empresa (‘escudo emblemático del caballero, que se colocaba en el terreno de la justa’) se interpretaba como señal o aceptación de un desafío. XV, º volver (49) Sigue hablando la pluma, mediante el tópico del amor recíproco. volver (50) ‘con punta basta, incapaz de hacer una línea fina’, como corresponde al grosor de la pluma de avestruz (véase II, 32, 902, n.68). º volver (51) resfriado : ‘muy frío’, ‘sin gracia’; véase II, 72, 1206, n.9. volver (52) Alusión a unas posibles aventuras futuras y más ridículas que se esbozan al fin del Q. de Avellaneda; fueros : ‘leyes’. º volver (53) ‘fosa’, ‘sepultura’. volver (54) ‘ las dos jornadas’, en el sentido teatral (‘actos’) de la palabra, en referencia a los dos tomos en que se articula el Q. de C., excluyendo así el Segundo tomo de Avellaneda. º volver (55) En la dedicatoria al conde de Lemos (II, Dedicatoria, 622, n.4), se dice que llegó a conocimiento del emperador de la China. º volver (56) Véase I, Pról., 18, n.93. volver (57) Fórmula clásica de despedida. volver

Notas críticas:

(IX) 1220.22 qué cosas sean edd. qué cosa sean V MA 1730 RAE, ¶ Ruta ve el refrán como muestra de la conciencia de la esterilidad vital que conduce a la muerte de DQ, Cruz lo plantea como indicio de la pérdida de referencias literarias del personaje. volver (24) 1220.29— CL, RM, MZ, Andrino, La frase parece calco de «A carga cerrada» (I, 6, 87, n.77). volver (25) 1220.30— CL. Joset estudia las posibles razones para la elección del apellido; pero cf. Rico, volver (26) 1220.33— Es posible que el error en la cita del título subraye, irónicamente, la palabra hazañas, con la alusión siguiente a de mi parte, que, además de su sentido común, puede referirse también a ‘la parte suya’, es decir al Q. de 1605. Cf. Weiger y Romero Muñoz, volver (27) 1221.35— BW, CT; RM cita a Hartzenbusch y remite el lugar común a Publilio Siro, citado en las Noches áticas, de Aulo Gelio, XVIII, 14: «Heredis fletus sub persona risus est»; pueden verse también los afines que trae Tosi, ¶ Sobre la actitud de la familia ante la muerte y su reflejo en la novela, Mann, Joset, ¶ Se encuentran aquí cuatro versos de romance y el final del anterior ( Que esto ), con asonancia en é-o, que quizá procedan de alguno no localizado. volver (28) 1221.37— RM. Cf. Venegas, Agonía, pp.41-44. volver (29) 1221.38— CT. Cf. Tirant lo Blanc, CDLXXI, pp.1150-152, y Lecturas, volver (30) 1221.39— MU, Allen, «La muerte no es otra cosa sino un apartamiento del cuerpo y del alma. De manera que la muerte no es algún ser positivo que haya en el número de las criaturas, mas es una privación con que se acaba la vida mortal; como el que quitase la lumbre que alcanza las tinieblas, en solo quitar la candela sin poner algo nuevo, queda la obscuridad, y así queda la muerte en el cuerpo cuando el ánima deja de vivificar aquel cuerpo que antes con su presencia animaba; y porque, como ya dijimos, opus corruptibile in fine deficiet, esta muerte vendrá por todos los hombres» (Venegas, Agonía, p.25). ¶ «El libro entero ha sido escrito para esta escena» (Borges 1956:36). volver (31) 1221.40— morir naturalmente : ‘de conformidad con las leyes naturales’ (RM), incluida la ejecución por justicia; >MZ, para quien vale ‘no aparente, sino realmente’. «Sea requerido a morir, o por enfermedad que Dios le da, o por muerte violenta en que Dios permite que muera. En la cual muerte, así natural como violenta o acelerada.» (Venegas, Agonía, p.25). volver (32) 1221.41— García González b, volver (33) 1222.42— CT; RM cita un dístico latino; RQ, el epigrama 297 de la antología de Planudes. Sin embargo, la enumeración más extendida en aquel momento procedía de Aulo Gelio: «Septem urbes certant de stirpe insignis Homeri: Smyrna, Rhodos, Colophon, Salamin, Chius, Argos, Athenae» ( Noches áticas, II, 10); cf. Serés b, ¶ Martín Morán comenta la aparición de otro autor que se apodera del discurso, obligando a una relectura de la primera frase, que aparece en boca del narrador primero, distinto de Cide Hamete y, más aún, de Avellaneda. ¶ Cf. también Riley, que busca el lado épico burlesco, y Molho, volver (34) 1222.45— Russell, volver (35) 1222.46— CL relaciona esta despedida con el final de La Arcadia de Sannazaro, cuando el autor se despide de su zampoña, colgada de un árbol. Se podría pensar, quizá con más certeza, en una interpretación sui generis del salmo CXXXVI (CXXXVII): «Super flumina Babylonis», que tanto preocupó a los autores peninsulares del Siglo de Oro: recuérdese la importancia que se dio desde siempre a las redondillas «Sobre os rios que vão» de Camões; cf. Rodrigues b, Alves Osorio, Stegagno Picchio b ; para la vertiente en castellano, J.M. Blecua, ¶ Sobre el monólogo/diálogo del autor dirigiéndose a su pluma, cf. Herrero García, en el comentario al soneto introductorio al Viaje del Parnaso, Para explicar la falta de ese soneto en la mayor parte de los ejemplares conservados, Weiger, también útil para justificar la presencia del diálogo en este lugar. ¶ Murillo compara la despedida que le hace a su pluma Cide Hamete con la que Roldán le hace a su espada Durandarte. Cf. asimismo la parodia: «Un pelo tiene esta mi negra pluma. ¡Ay, pluma mía, pluma mía!» ( Pícara Justina, Introd., I, vol. I, p.87). volver (36) 1222.47— CT. volver (37) 1222.48— para mí estaba guardada : BW, PE, CL, CT, RM. Urbina b resume el tema literario de la aventura guardada, y en Lecturas se subraya que, con el verso, Cide Hamete se otorga la exclusividad de continuar las aventuras de DQ, ¶ Sobre el ¡Tate!, CL trae pasajes de libros de caballerías: Caballero de la Cruz, II, 63 y 76; Amadís de Grecia, IX; Amadís de Gaula, IV, 130. ¶ Para la mutua reserva entre héroe y pluma, que resuelve el conflicto de las armas y las letras, pueden verse El Saffar y Weiger, ¶ Rivers nota aquí la entrada de la pluma como interlocutor, con una reflexión sobre la multiplicidad de voces en este final de novela. ¶ Riley analiza la unión de vida y literatura (de los distintos niveles de ficción) que se desprende de las palabras siguientes de Cide Hamete. ¶ Sobre el valor del reconocimiento de Cide Hamete como «historiador verdadero», frente al falso de Avellaneda, Socrate y Weiger, volver (38) 1223.50— VG, DCECH, ¶ Riley subraya la identificación de C. con su obra y su resentimiento contra Avellaneda;

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¿Como decía Cervantes Como no estás experimentado?

Nuestro editorial: Nadie nos valorará si no nos valoramos nosotros – Campo “Como no estás experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen dificultad te parecen imposibles; confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.

Así aconsejaba Don Quijote a Sancho hace más de cuatro siglos, y no era ni es mal consejo. Corren tiempos difíciles, que seguro pasarán, pero como nos descuidemos mucho van a quedar unos cuantos por el camino, la mayoría, por desgracia, de forma voluntaria. Nada nuevo en este sector, nada que no se haya superado antes, pero con una gran diferencia: cada día somos menos y, en algunos casos, con pocas ganas.

Sería conveniente no encomendarnos solo al tiempo y ponernos manos a la obra, Todos somos importantes, pero en la cadena alimentaria no todos cargan con la misma cruz. Ya va siendo hora de que esto cambie, por la cuenta que nos trae, pues todos somos imprescindibles en la cadena alimentaria.

  1. Habrá que recordar de nuevo al lúcido hidalgo cuando dice que “en las desventuras comunes se reconcilian los ánimos y se estrechan amistades”.
  2. En las desventuras comunes se reconcilian los ánimos y se estrechan amistades” Es triste que siempre pase lo mismo.
  3. Hasta que no estamos con la soga al cuello no nos concienciamos de que solos no llegamos a ninguna parte.

Tendremos que recuperar sin demora el que se llamó ‘espíritu de Madrid’ y afrontar este reto “todos juntos por el Campo”. El nuevo número de nuestro periódico hace balance de una campaña agridulce, con un cereal de pobres resultados por culpa de los golpes de calor, pero con un resultado económico, en lo general, alejado del desastre.

Mientras el regante sigue peleando para sacar adelante sus cultivos en un escenario muy duro, con precios de la luz que elevan los gastos de producción a la categoría de inasumibles. Vaya escenario se presenta. Como esto no cambie no sé quién, ni qué, se va a sembrar el próximo año. Puede que la salida del laberinto no llegue desde Moscú, ni de Madrid, ni desde Bruselas.

Tal vez la llave esté en nosotros, en la voluntad, el trabajo y la profesionalidad que ahora más que nunca pasa por el diálogo y la negociación con una industria agroalimentaria que necesita conocer y reconocer la importancia vital que para ella tienen el agricultor y el ganadero.

Si hay voluntad por todas las partes, no será difícil encontrarse. Este camino lo tenemos que recorrer juntos. “Todos somos imprescindibles en la cadena alimentaria” Entre tanto, tendremos que seguir haciendo aquello que sabemos hacer, con todos los sentidos puestos en garantizar la rentabilidad un año más.

Y seguir apostando por aquello que ha demostrado con creces ser una fórmula de éxito. Como el caso de las cooperativas, que protagonizan este número de CAMPO. Cada una con su idiosincrasia, pero todas con un balance positivo para el socio y para el territorio en el que operan.

¿Qué crítica Cervantes?

Cervantes no sólo ridiculiza el error de percepción de la nobleza sobre el dinero y la realidad económica de la sociedad española, sino también critica la percepción humilde de la nobleza a su lugar en la sociedad y de cómo ésta influye en su desarrollo.

¿Que no quiso recordar Cervantes?

Munera, en Albacete, es el lugar que Cervantes no quería recordar Años de lectura de “El Quijote” y de investigación han llevado al manchego Francisco José Valera y a Álvaro Anguix a poner nombre a la incógnita que Miguel de Cervantes dejaba en las primeras palabras de su novela.

  • No tienen duda, ese lugar de cuyo nombre Cervantes no quería acordarse, es Munera.
  • Se hace evidente, dicen, a lo largo del relato mediante jeroglíficos, expresiones metafóricas y localizaciones descritas en la historia.
  • Creen saber por qué lo esquiva intencionadamente.
  • Cervantes, para salir de la cárcel de Argel contrajo una deuda que le iba a perseguir durante toda su vida.

Curiosamente, Munera viene del latín “Munus, Muneris” que significa deuda. De ahí, su olvido. Pero es más, ambos están convencidos de que el autor quiso retar al lector para que descubriera la verdad dejándole pistas. La primera, cuentan, está escondida en la E capitular donde se adivina el paisaje de Munera, con las eras, la torre y el castillo.

Hay claves también en el juego de mayúsculas del principio de las andanzas de Don Quijote que dan parte del nombre del pueblo. Y como no, en la propia aventura del hidalgo y su escudero donde encontramos evidencias del paisaje típico de la zona como la era, el río y las cuestas que llevan al pueblo. Esta investigación tiene felices a los habitantes de este pueblo albaceteño.

Esperan como agua de mayo esos turistas que quieran recorrer la tierra del caballero de la triste figura. Gustosos, les darán posada. : Munera, en Albacete, es el lugar que Cervantes no quería recordar

¿Como decía Cervantes Antonio Banderas?

El discurso de Antonio Banderas que se ha viralizado en TikTok corresponde a una intervención del artista en los Premios Platino de 2015, donde habló sobre el tiempo a través de una famosa cita de Cervantes en Don Quijote: ‘Nadie nos valorará si no lo hacemos nosotros primero.